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Estrellas

Sunday, February 12, 2012

En el agitado y variable mundo de la farándula brillan muchas estrellas. Algunas son tan fugaces que dependen de algún escándalo, una moda o un fenómeno social que marcará con su duración histórica la vigencia del supuesto ídolo. Otras tienen una permanencia más sólida, prolongada por méritos artísticos. Sostenidos por un andamiaje de perfeccionamiento profesional, ellos también están sujetos a los cambios y evoluciones a las que el público se ve sometido. El talento puede ser verdadero y hasta brillante, pero sucesos históricos, revoluciones sociales, cambios repentinos o graduales de costumbres, maneras diferentes de vivir la vida y demás factores externos marcarán la fecha de vencimiento de esos artistas. Aunque (¿por qué no?) también es posible que resurjan y se revaloricen con el tiempo, porque ya se sabe, todo vuelve más tarde o más temprano.

Asimismo, hay estrellas que prolongan su fascinación y vigencia por siglos, desafiando con su permanencia las leyes casi naturales de la evolución, las modas y los cambios sociales.

De la primera categoría no hace falta hablar demasiado. Las hemos visto todos los días a lo largo de nuestra vida. Son las fugaces (o fugazzas, por su chorreo grasoso y no por su exquisito sabor), van y vienen, suben y bajan, si se aplican y estudian pueden trascender la pavada del mediatismo sensacionalista y, si se les cae la estantería, se convertirán en rostros olvidados.

La segunda clase mencionada, o sea los auténticos profesionales, puede aspirar por la enjundia de sus trabajos a una permanencia más o menos prolongada. Servirán de referente a las generaciones posteriores, ayudados por los memoriosos aficionados que transmitirán las hazañas realizadas, mostrarán fotos, artículos, afiches, reportajes, películas y cuanto se conserve de aquellas inolvidables labores.

Pero hay otra categoría, la de los inmortales, la de los que más allá de su talento se convierten en mitos universales, en productos que atraviesan épocas y costumbres. Llegan a ser íconos que, a pesar de pertenecer y representar épocas precisas y particulares, llegan al Olimpo de los elegidos, únicos e irrepetibles.

Muchas veces esa vigencia es provocada por trágicas existencias o muertes en plena juventud. Tales son los casos de nuestro zorzal Carlos Gardel, el inmortal. O James Dean, el rebelde con muchas causas, estandarte de la generación de los iracundos que se sublevaron frente a la pacatería y cursilada hipócrita del sueño americano de la década del cincuenta. Un tango de Gardel sigue siendo sinónimo de porteñidad aquí y en la China. El aire torturado y melancólico del joven agobiado y furioso, mezcla de apatía y fogosidad que emana de las fotos de un James Dean con campera roja, jeans ajustado, botas y navaja en mano, sigue reflejando los gestos exteriores básicos del joven harto de las estructuras que no le dejan ser lo que querría ser, aunque aún no lo tenga demasiado claro. Pero lo que sí sabe es lo que no quiere ser.

¿Y qué decir de la eterna rubia que no era rubia? Marilyn Monroe, esa criatura angelical y sexy, cotidiana e inaccesible, muchacha de barrio y diosa solitaria. Cada tanto vuelve a resurgir, y a cincuenta años de su ¿suicidio?, ¿asesinato?, ¿muerte anunciada?, sigue representando la mujer que no quiso ser objeto, pero igualmente fue usada y traicionada por productores, políticos e intelectuales. En mis recientes vacaciones vi una deliciosa evocación de los avatares que padeció Marilyn durante la filmación de El príncipe y la corista, coprotagonizada y dirigida por el gran Laurence Olivier. Se trata de una adaptación al cine de un best seller escrito por quien fuera un muy joven asistente de producción, que presenció el duelo entre el gran actor británico y la sex symbol americana que quería aplicar el método Strasberg a un texto de comedia no muy trascendente. El choque de los dos conceptos y el supuesto romance con el entonces joven asistente son los nudos de un relato que en 2012 sigue significando mucho para el público. Sos inmortal, Marilyn, sesenta años no es nada.

Enrique Pinti

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