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Luces y sombras

Sunday, January 15, 2012

Generalmente elogiamos aquellas cosas que no somos capaces de hacer, a veces por imposibilidades reales y concretas y otras porque no las haríamos por nada del mundo, pero las elogiamos porque queremos presumir de políticamente correctos. Así, nos deshacemos en loas a los misioneros que se internan en territorios hostiles llenos de peligros y riesgos mortales por razones humanitarias, y elogiamos a voz en cuello a los que se ponen como escudos humanos en guerras sangrientas y no vacilan en dar su vida por la de inocentes niños desvalidos. Pero, claro, no somos santos y lo sabemos; entonces, cumplimos dándoles apoyo moral, aportando unos pesitos en colectas humanitarias, y a seguir viviendo la vida lo más alegremente que se pueda.

Y no está mal ni bien ni regular, somos así y seguiremos siendo así mientras las vueltas de la vida no nos pongan en la encrucijada de tener que actuar frente al horror cuando se nos mete en nuestras realidades cotidianas. Ahí, cuando la historia nos pone a prueba, sacamos fuerzas de nuestras flaquezas y valor de nuestra cobardía y nos jugamos enteros. A veces esa oportunidad no llega y nuestra existencia transcurre sin mayores sobresaltos, otras nos hacemos los burros y miramos para otro lado dándonos mil excusas para justificar nuestra indiferencia. Y llega un momento en el que tomamos conciencia de nuestro egoísmo, de nuestra capacidad de aislamiento y autismos de todo tipo, de nuestra calidad de avestruz que esconde la cabeza bajo tierra creyendo que al no ver lo que pasa a nuestro alrededor eliminamos la realidad circundante. Negamos lo evidente, justificamos lo injustificable e ignoramos lo obvio. Malas recetas para vivir, pésimos resortes que nos llevan a vendarnos los ojos, tapar nuestros oídos y amordazar nuestras bocas por miedo, conveniencia o estupidez. Pero eso sí, elogiando a los que hacen todo lo contrario y aclarando luego de haber tolerado el horror con el usual yo no sabía nada y, además, aunque lo hubiera sabido, yo no soy un santo, soy nada más que un ser humano normal.

Esta dualidad casi esquizofrénica entre lo que somos y lo que deberíamos ser llena capítulos enteros de muchas vidas. Desde situaciones familiares y domésticas, hasta acontecimientos políticos y sociales que sacuden la historia de los pueblos y las civilizaciones, los seres humanos somos reacios a asumir nuestras responsabilidades por error u omisión. ¿Cómo se explican los avances y encumbramientos de movimientos que llevan a los pueblos a la destrucción y a la guerra civil? ¿Cómo se puede celebrar que millones de personas no adviertan los peligros de prédicas que incluyen el odio racial, la discriminación política, la intolerancia religiosa o la crueldad desenfrenada contra el diferente? ¿Y cómo, después de pasado el desastre de tales desmanes, los que vivieron como espectadores pasivos tienen el coraje de decir yo no sabía nada? Vaya a saber qué resorte de hipocresía, conveniencia o complejo de culpa se dispara en esas mentes. De nada valdrá que para lavar culpas y conciencias sucias se recurra al elogio tardío por los que se opusieron a la injusticia y el atropello. No hay que elogiarlos después de su sacrificio, no hay que improvisar discursos fúnebres en su memoria, hay que entender, apoyar y ser solidarios.

Ni santos ni demonios, sólo personas que ante los atropellos y las arbitrariedades de los abusadores del poder, se enteran de lo que pasa realmente y tratan con cualquier medio pacífico y racional de sostener a los que luchan por las cosas que valen la pena: la libertad, la tolerancia y la responsabilidad cívica. Y tendríamos que asumir estas actitudes antes de que la sangre llegue al río y no elogiar a difuntos mártires que no supimos entender en vida. No somos santos, pero con ser sinceros enemigos de las hipocresías sociales estaremos en el camino virtuoso de los que transitan esta vida con el propósito de agregar luces en medio de las sombras.

Enrique Pinti

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