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¿El decamerón será una discoteca?

Sunday, December 4, 2011

Hace unas semanas un cable proveniente de Italia informó que Woody Allen había decidido, de común acuerdo con los productores, cambiar el título de su hasta ahora última película que era una modernización del Decamerón del gran Boccaccio, cumbre de la literatura picaresca con alto contenido erótico, que escandalizó a la sociedad durante el Renacimiento y que a lo largo de los siglos fue piedra del escándalo y objeto de censura ejercida desde los poderes religiosos y políticos. En la década del 70, el también polémico y genial Pier Paolo Pasolini hizo una memorable versión, un gran éxito beneficiado por el revuelo que provocaron los desnudos y el erotismo desenfadado que el poeta y cineasta logró plasmar con gran talento. A partir de esa versión hubo una catarata de subproductos mucho más chabacanos, hechos a toda velocidad para aprovechar el filón comercial. Claro, todo esto fue en los 70 y los jovatos como el que esto escribe, contemporáneo del gran Woody, tiene la costumbre de creer que los 70 fueron ayer nomás y no hace cuarenta años. Eso nos conduce a creer que el Decamerón es sumamente popular y que no hay quien no lo conozca. Pero parece que no es tan así, ya que los marketineros que forman parte importante del negocio cinematográfico han hecho sus encuestas y han llegado a la conclusión de que hasta en Italia, patria de Boccaccio, hay una generación que no tiene la más pálida idea de qué corno es el Decamerón. Y esas encuestas han logrado que un cineasta tan personal que no va tras el gran éxito pochoclero (de hecho la mayoría de sus filmes, exceptuados algunos títulos como Medianoche en París, no han tenido éxito masivo) haya decidido cambiar el título primitivo por otro más accesible.

Quiere decir que no sólo en nuestra sociedad argentina la educación está en crisis y una parte de las nuevas generaciones no es instruida en la preservación de la historia de las civilizaciones anteriores, de los valores culturales de un pasado que, aunque alejado en el tiempo, es de suma utilidad para explicar los altos y bajos de cada época.

Nadie pretende que todo el mundo sepa todo, nadie dice que el conocimiento perfecto del arte de cada etapa histórica asegure la solución de los problemas que aquejan a la humanidad. Pero de todas maneras, es descorazonante ver la indiferencia y la ignorancia entronizadas por una borratina de lo que fue, de las bases y de los orígenes.

No hace falta retrotraerse a la época del Decamerón, a la del Quijote, o a la de Víctor Hugo para comprobar lo poco que importan los que nos precedieron. Da lástima y un poco de bronca ver que pocos recuerdan a Luis Sandrini, a Osvaldo Pacheco, a Olinda Bozán, entre los ídolos populares que divirtieron a varias generaciones y a grandes escritores, músicos, políticos y científicos que hicieron mucho por nuestra cultura.

Que el huracán de sensaciones que nos invade día a día y nos empuja a la solución rápida de problemas enormes, no nos haga perder la perspectiva de lo que vino antes.

Cuando uno se toma el trabajo de dar una ojeada al pasado, no para estar atado a él sino para entender de dónde venimos y así saber adónde vamos, uno se da cuenta de que las cosas cambian dramáticamente en la superficie, pero siguen siendo muy parecidas en lo profundo. La actualidad de los clásicos es esa y el que se los pierde se pierde la posibilidad de ver con más claridad nuestra esencia humana. Lo excelso, lo horrendo, lo sublime, lo aberrante, lo milagroso, lo inmundo ya han sido reflejados por los que antes que nosotros lo sufrieron o lo gozaron.

De La Odisea al Decamerón, del Quijote al Martín Fierro, de Molière a Florencio Sánchez, todos han pintado su aldea, no podemos ser ignorantes y encima creernos piolas supermodernos con amnesias fatales.

Enrique Pinti

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