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¿Auto qué?

Sunday, December 18, 2011

A nadie le gusta perder, ni a los políticos ni a los deportistas ni a los actores y productores ni a los hinchas de fútbol ni a los niños ni a los viejos ni a los que compran billetes de lotería ni, por supuesto, a los jugadores empedernidos que se patinan fortunas en las mesas de póquer, ruleta o truco sin olvidar a las antiguas generaciones que juegan por el honor sin apostar un peso a la vieja y querida escoba de quince.

Y es natural, todos queremos saborear el gustito de la victoria y vivir la hermosa sensación de ser los más listos, los más hábiles, los más astutos y los más carismáticos.

Pero, ¿y si perdemos? Bueno, ahí hay que desplegar toda nuestra inteligencia para asumir la derrota con gracia y donaire sin dar lástima, pero con autocrítica. ¿Auto qué? Flor rara y muy exótica, la autocrítica no tiene el mismo lugar que ostenta el autobombo, trampa mortal de la vanidad y parienta muy cercana de la alienación que nos conduce inexorablemente al ridículo.

La aplastante mayoría de los políticos minimizan sus fracasos por más estruendosos que estos hayan sido y culpan por la debacle a la ignorancia de un pueblo aletargado, abúlico, sin memoria, frívolo, pancista y tarado, el mismo pueblo al que hasta cinco minutos antes del fin de campaña le chuparon las medias y otras cosas, calificándolo como vox Dei, que si mis lejanos estudios de latín no me engañan quiere decir ni más ni menos que la voz de Dios. Si así se comportan cuando pierden fácil es imaginar la actitud cuando ganan, en ese caso ponen al pueblo en un pedestal de sabiduría a niveles altísimos, se agrandan como poroto en agua y pronostican una instalación perpetua en el poder. Ni ellos mismos se lo creen, porque si tienen una trayectoria más o menos larga en la actividad saben por experiencia que pueden ir de la cumbre al abismo en menos de lo que dura un suspiro, a menos que se instaure una dictadura. Y aún así, ni ellas son eternas, aunque a veces sean demasiado largas y los tiranos se den el lujo de morir de viejos en camas confortables, pero gracias a Dios eso no sucede siempre (Hitler y Mussolini lo demuestran).

Los actores, productores o directores tenemos lo nuestro también, aunque debo decir en nuestro descargo que nuestras vanidades y mentiras no causan daño al pueblo sino a nosotros mismos.

Si la obra fracasa, los actores culpamos al autor, al director, al productor y hasta a la sala. Estrenamos en mala fecha... Mucho calor... Mucho frío... La gripe A... La sala está fuera del circuito... Faltó promoción... Los afiches salieron tarde y los tapó la campaña electoral... El director se equivocó..., decimos los actores. Estos actores son un desastre, dice el director. Y en una unión fraternal, actores, director, productor dicen a coro la obra está obsoleta y no le interesa a nadie, mientras el autor, si está vivo, replica con un la destrozaron, hijos de una gran puta. Y si está muerto, les tirará una pedorreta desde el cielo, el infierno o el purgatorio, rubricada con un corte de manga.

Los deportistas, sobre todo futbolistas en el mundo latino de América y Europa, sin olvidar a británicos, escandinavos y eslavos, tienen su proyección negadora en hinchas, hooligan y demás fanáticos que verán goles que no fueron tales, ignorarán faltas flagrantes reproducidas en imágenes HD más fieles que la perra Lassie y harán volar sillas y mesas de bares y pubs de todo el planeta en peleas encarnizadas que si se desarrollan en la cancha, en vivo y en directo, pueden llegar a convertirse en trifulcas sangrientas con muertos y heridos. Cualquier cosa, menos aceptar la derrota y ponerse las pilas para tratar de remontar la mala racha.

Es lógico que cada acusado de un crimen diga que es inocente y niegue su culpabilidad para evadir el castigo. Lo que no es lógico ni aceptable es que cuando algo no sale como nosotros hubiéramos querido, adoptemos la actitud inmadura e infantil, en el peor sentido de la palabra, de no afrontar nuestros errores y asumirlos como primer y fundamental paso para llegar al verdadero éxito, o sea, saber quién es uno y cómo se puede llegar a ser otro mejor.

Enrique Pinti

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