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¿Qué fiesta?

Sunday, October 16, 2011

En un canal español vi hace poco a un alcalde ponerse muy serio al decir que ante la crisis iba a aplicar la política de la verdad, y declaró algo así como: "Si en el futuro me dicen señor Alcalde esa carretera es muy necesaria, yo les contestaré que si no se puede financiar esa carretera, no se hará; que llegó la hora de la verdad y que se acabó la fiesta". Y olé. ¿Qué fiesta? ¿De qué fiesta hablan los que casual o causalmente las han armado, ayudado a armar o miraron para otro lado? Y no me estoy refiriendo puntualmente a ese alcalde, a quien no conozco y del que ni siquiera recuerdo el nombre. Me refiero al poder en general. ¿Quiénes, sino los grandes titiriteros políticos, son los que sientan bases y establecen pautas o reglas de juego a los pueblos? ¿Quiénes decretan que todo va bien o todo está mal, pero vamos bien o compre ahora, venda ya, ahorre, gaste, juegue al euro, apueste al dólar, exportemos, importemos, produzcamos, compremos todo hecho afuera, compremos nacional, invierta en propiedades, especule en la bolsa, etcétera?

¿Quiénes gastan desorbitadas cantidades de dinero en guerras, armamentos y agencias de espionaje? ¿Quiénes no vacilan en arrojar millones y millones en carreras espaciales dignas de mejor causa? ¿Quiénes fomentan el consumo de artículos suntuarios como símbolos y emblemas de pertenencia propios de mundos mejores, sofisticados y lujuriosamente sobrevaluados? Esas sí son fiestas que dejan tendales de muertos y malheridos, bacanales en donde el derroche es el rey y el exceso, el Dios adorado. Pero llega el momento en el que las burbujas revientan, los que sacan tajada ya han hecho su agosto y entonces llegan los golpes de timón, los cambios de rumbo, las crisis, las devaluaciones y los daños colaterales, eufemismo para representar a cientos de miles librados a su suerte, sin techo, sin crédito, sin empleo y sin esperanzas. Y cuando alguien reclama por condiciones mínimas de vida aparecen esas frases: se impone la austeridad, la fiesta terminó.

Y el hombre común se pregunta ¿encima me echan la culpa? ¿Bailé al ritmo que ellos marcaron y ahora soy el que paga los platos rotos? Preguntas sin respuestas concretas que seguimos haciéndonos los seres humanos en épocas de crisis económicas, morales y de nervios.

Cuando el descalabro económico sacude los cimientos de las sociedades vienen los inevitables precios para pagar. Pagar por los que tienen apenas lo indispensable: casa, empleo y una cobertura de salud, generalmente cara si es privada e insuficiente si es estatal. Y los ajustes deben sufrirlos los que menos tienen, porque los que más tienen se limitan a dejar de ganar, pero casi nunca a perder, a menos que la corruptela haya sido tan excesiva y obvia que no haya habido otra más que la quiebra, la cual, si es fraudulenta como en muchos casos, será pasajera. Y en poco tiempo veremos a los arruinados emerger de sus cenizas, mientras que al hombre común le costará años recuperar lo perdido en esas fiestas a las que fueron invitados por especuladores y magos financieros, mercaderes como aquellos a los que Jesucristo echó del templo.

Y hay que verlos, rasgándose las vestiduras arengando a sus atónitos súbditos acerca de los beneficios de no tener educación, acceso a la cultura, a la salud y ni siquiera poder circular por buenas carreteras, porque hay que ajustar el cinturón, pasar el invierno, cruzar el río Rubicón cual Julio César o acampar hasta que aclare.

Mientras tanto vemos sin poder dar crédito a nuestros ojos, ríos y mares contaminados por la ambición humana, la naturaleza desafiada una y otra vez, basura espacial por toneladas, radiaciones mortales y teorías de enemigos permanentes que exigen gastos tremendos para la defensa del latente ataque terrorista.

Las prioridades no son las de los hombres y mujeres que quieren hacer más digno y placentero su paso por la vida. Todo parece pretencioso, exagerado y excesivamente demandante. La fiesta ha terminado, dicen, mientras se lamen las heridas preparando la próxima, esa fiesta con invitados de primera, segunda y tercera clase, como en el Titanic, el más lujoso ataúd que conoció la ambición desmedida.

Enrique Pinti

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