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La intimidad al desnudo

Sunday, January 9, 2011

Sobrevuela en estos tiempos un discurso reiterado y extendido entre jóvenes y adultos en el que impera un afán notable por alcanzar lo que parecerían ser los ideales máximos de una moralidad de moda: transparencia y autenticidad. En palabras de sus usuarios, "mostrarte tal cual sos", "hacer lo que sentís" y "no tener nada que esconder".

Aunque en apariencia suenen como frases vinculadas al valor de la honestidad y suene también loable la defensa de la transparencia y de la autenticidad, la realidad muestra, repetidas veces, una distorsión de esos valores. Hoy son muchos los que consideran la transparencia como un valor a aplicar sobre la persona misma y no sólo referido a sus actos, a su proceder. Entienden que lo moral es ser hombres y mujeres que se muestran a sí mismos transparentes, enteramente como son, y para ello nada más práctico que exponerlo todo, contarlo todo, y así evitar el círculo sospechoso de los que tienen algo que guardar.

La misma teoría designa como auténticos a aquellos capaces de mostrar al desnudo sus actos y sus pensamientos, sin barreras ni filtros. La intimidad se mira como un valor retrógrado, represivo, puritano, típico de conventos o monasterios de los que ya quedan muy pocos. De ahí el auge, a veces desmedido, de los reality shows, donde la vida transcurre en vivo y a la vista de audiencias multitudinarias; de facebooks y sitios similares donde cada uno muestra sus fotos, sus preferencias, sus conversaciones, sus amigos, su humor, sus datos de contacto; de blogs que lo cuentan todo. No hay filtros, o siquiera los menos posibles, para no traicionar el ideal de total transparencia. Figuras públicas de todo tipo ventilan sin tapujos todo lo que se les da la gana decir siempre, claro, en nombre de la autenticidad. Hay sitios de Internet que se dedican a revelar conversaciones o mensajes privados, en defensa, por supuesto, de la transparencia. No importan las consecuencias, hay que jugarse, hay que mostrarlo todo. En pos de la autenticidad que sólo garantizan los sentimientos íntimos, se expresa sin filtro un caudal emocional que justifica cualquier ofensa, cualquier desconsideración, simplemente porque es lo que brota del corazón. Los sentimientos mandan esta moralidad de las "buenas personas", un grupo sin religión ni ideología que incluye sin distinción a todos los que aspiran como máxima a ser "buena persona".

Desde ya, no todos los que usan Facebook o escriben blogs comparten esta filosofía proclive a desnudar la intimidad. Pero la tendencia es notable y más fácilmente visible en esos sitios y esas formas. Y así como se desparraman los virus en las computadoras, hay pensamientos volcados en frases comunes que se van desparramando de unas bocas a otras sin que muchas se detengan a pensar en su significado. Están de moda, son muletillas que queda bien intercalar, que otorgan estatura moral a cualquier conversación: "Lo importante es mostrarte tal cual sos y hacer lo que sentís". Apenas un reflejo de la era de la transparencia total que, con la llegada de Internet, como decía un periodista del Corriere Della Sera hace poco, "ha difundido la cultura de la casa de cristal".

Para ser personas de bien conviene prestar mayor atención a lo que se es que a lo que se muestra. Es importante ser honestos, no mentir, ser coherentes. Y para ello no hace falta darse un baño de transparencia que exponga toda la intimidad a la luz. Saber guardar y preservar una parte de los pensamientos y de las acciones es una delicadeza necesaria para el buen trato con los demás o para la consolidación del ser individual. También se es grande por lo que se sabe callar, por lo que se sabe mantener en reserva, por cuanto se sabe alimentar y hacer crecer ese núcleo íntimo desde donde se define cualquier moralidad. Tener algo que guardar no es sinónimo de robo ni de estafa; cuando se refiere a mantener en la intimidad, es una sabiduría que muestra la capacidad de desafiar el instinto que manda a desahogarse sin reparos. La transparencia es valiosa si se ejerce en la forma de hacer las cosas de tal modo que éstas expresen la honestidad de la persona. Por su parte, la autenticidad no es gran cosa si significa liberar sentimientos o acciones sin que importen los efectos. Un auténtico valioso es aquel que piensa por sí mismo, que mide las derivaciones y que actúa en consecuencia. Cada cual tiene derecho a tener la moral que se le da la gana. La moralidad revela la intimidad de quien la ejerce, por lo que nada más digno que saberse autor de las propias decisiones y no mero repetidor de virus, muletillas y discursos extendidos.

Teresa Batallanez

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