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Charlatanes y calladitos

Sunday, January 2, 2011

Los que hablamos mucho tenemos una gran facilidad de palabra y lo hacemos a gran velocidad; somos llamados verborrágicos, conversadores o charlatanes. Y ya va siendo hora de separar los tantos, no confundir las cosas y poner los puntos sobre las íes.

Verborragia suena a hemorragia, lo cual es altamente desagradable. El verbo, o sea, la palabra, don sagrado que el hombre ostenta como gran diferencia con las bestias, cuando es usado como escudo de la mentira, la intriga maliciosa, el chisme degradante o el engaño puede y debe ser calificado como una especie de catarata sin sentido. Por otra parte, una cosa es conversar y otra hacer el verso; una charla es algo informal e íntimo, que requiere conocer mucho al otro, lo que es muy diferente de parlotear como un loro borracho dando opiniones no suficientemente meditadas. Esto último puede definir al charlatán.

Todas estas facetas negativas del exceso verbal y del abuso de la palabra se asocian indiscriminadamente con los que hablamos mucho. Ya se sabe que una imagen vale más que mil palabras, pero por más que miremos estremecidos la imagen de niños desnutridos, sin dientes y con el vientre hinchado, necesitamos hablar, y mucho, para explicarnos las causas de semejante horror.

Hubo de parte de los críticos y teóricos del cine, allá por la década del sesenta, una excesiva valorización de la imagen sobre la palabra, muy razonable por un lado, pues el cine es un arte absolutamente visual, pero, como todas las exageradas generalizaciones, no era del todo exacta. Ingmar Bergman, poderoso maestro del cine, usaba el texto para definir a sus complicados y torturados personajes, lo complementaba con imágenes inolvidables en ese blanco y negro de violentos y expresivos contrastes, semejantes a los claroscuros de las pasiones que anidaban en la psiquis de esos atormentados seres. Woody Allen, artífice privilegiado de una comedia trágica o de una tragedia cómica, necesitaba grandes tiradas de diálogo, muchas veces errático y absurdo, para hacernos reír de la desgracia y para reconocernos en nuestras contradicciones y en los enfrentamientos con amigos, terapeutas y parejas. Otros genios del cine, como Robert Bresson, preferían la parquedad, el silencio y la introspección, dando a la imagen una preponderancia absoluta. Lo mismo hizo otro importantísimo realizador como Michelangelo Antonioni, y el gran Federico Fellini alternaba magistralmente palabra e imagen. Las joyas del cine mudo, desde los geniales cómicos Chaplin y Buster Keaton hasta intensa gravedad de La pasión de Juana de Arco, de Dreyer, demostraron que sin palabras se puede hacer reír, llorar y entender los mecanismos más recónditos del alma humana. Por lo tanto, el don de la palabra es una bendición y también una responsabilidad social, ya que muchas veces somos prisioneros de nuestros dichos y cuanto más prediquemos más obligación tendremos de ser coherentes y no incurrir en contradicciones.

¿Y los callados, los parcos, los muditos?, tan elogiados por una gran parte de la humanidad y tan prestigiados casualmente por el lugar común que es ese prejuicio de que cuanto menos se hable más se entenderá? Bien, no tiene nada de malo ser prudente y cuidadoso, pero este viejo zorro que firma desconfía un poquitín de los Poncios Pilatos que se lavan las manos, no por higiene sanitaria, sino por indiferencia o poco criterio. Prefiere, y perdón por la parcialidad, la gente que se arriesga, que habla, que detalla, que trata -a veces sin éxito, es cierto, pero al menos lo intenta- de no pasar por esta vida sin aportar opiniones, soluciones o, al menos, observaciones de lo que pasa en su entorno social.

Así que ni charlatanes, ni conversadores, ni verseros, ni chantas, ni siquiera verborrágicos a la violeta, sino seres con unas características que pasan por la oralidad expresiva y la claridad de conceptos básicos. ¿O acaso no es el mejor elogio para nuestra mascota decir de ella que es tan inteligente que sólo le falta hablar?

Enrique Pinti

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