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1984 es el pasado

Sunday, December 26, 2010

Allá por los años sesenta, con la frescura de los veinte años leí a Orwell, aquel visionario escritor de Rebelión en la granja y 1984, siniestras predicciones de lo que podría ser un futuro en el que un poder omnipresente y dictatorial penetraba en la privacidad de todos los ciudadanos, reflejado en pantallas de televisión en circuito cerrado que servían como espías oficiales de vida y milagros de todo bicho caminante en su camino hacia el asador.

Claro, faltaba mucho para 1984 y, ya se sabe, los novelistas tienen una imaginación frondosa y a veces exagerada. Pero, queridos lectores, 1984 es parte del pasado, casi treinta años después de aquel aterrador "futuro" dejamos atrás el problemático y febril siglo veinte para iniciar, problematizados y febriles, este veintiuno en el que "no se gana pa' disgusto, vea". Y observamos que aquellas predicciones dedicadas específicamente al comunismo estalinista, pero que enojaron por igual a las dictaduras fascistas de la derecha y a algunos fanáticos fundamentalistas de las más variadas religiones, se han cumplido y, como de costumbre, la realidad ha superado a la ficción, y la tragedia, de tanto ser trágica, ha pasado a ser grotesca y tristemente reidera.

Twitters, facebooks y demás bellezas informáticas han logrado meterse en la vida privada de todos los que, muchas veces involuntariamente y sin ningún tipo de aviso previo, son sometidos a vejámenes, indiscreciones y bochornos, expuestos a la burla y el escarnio. Y de nada vale que uno se resguarde evitando pertenecer a red social alguna. Nada importa. Puede haber "otros yos" que con tu nombre digan lo que se les dé la gana y hablen por uno dando opiniones que nada tienen que ver con nuestra ideología de vida.

Hace poco, un estudiante universitario de Nueva York fue grabado, con cámaras puestas en su dormitorio del campus, por "compañeros" -por nombrarlos de alguna manera que no incluya la verdadera calificación, o sea, la de hijos de mala madre (mejor, de puta, que es lo exacto)-, claro que no estaban puestas las modernas camaritas para grabar el plácido sueño del joven, sino para registrar un encuentro sexual con un compañero de estudios. La supuesta broma tuvo un impacto fatal, ya que al enterarse de que la imagen había sido bajada por cientos de personas, el joven optó por tirarse de un puente, abrumado por la situación, y se ahogó en el río Hudson. Y, lo que es más aterrador aun, lo informó previamente por su Facebook con un escueto: "Estoy suicidándome". O sea, la violación de la privacidad, la muerte en vivo y en directo y una tecnología de avanzada usada para lo más retrógrado y asqueroso del ser humano: la injerencia en la intimidad del prójimo. Casi todas las constituciones democráticas, incluida la argentina, resguardan el derecho a la intimidad, y en casi todas las sociedades es negada, burlada y ofendida. Que ante la proliferación de estos horrores las legislaciones sean obsoletas e ineficaces para impedir y/o castigar estos excesos da miedo, mucho más miedo que aquellos estremecimientos de mis veinte años leyendo a Orwell. Porque hoy en día no sólo se trata del espionaje político para detectar enemigos opositores, sino de pura y dura violación del sagrado derecho a ser quien uno quiera ser sin la obligación de compartirlo con desconocidos, curiosos o imbéciles, cuya vida está tan vacía que necesitan vivir la existencia de los otros para no morir de aburrimiento y mediocridad.

Las burlas que los niños y adolescentes de todas las épocas dedicaron a sus compañeros más débiles y/o diferentes -gordos, demasiado flacos, bajitos o muy altos, con colores y razas minoritarias, tartamudos o enfermos- eran antes horrores del patio escolar que, con todo lo negativo que tenían, al menos quedaban circunscriptos al ámbito de la escuela. Hoy, gracias al mal uso de tecnologías muy positivas cuando están al servicio de buenas causas, agregan la difusión indiscriminada y la exposición masiva, lo que convierte en un infierno la vida de los indefensos. Habría que tener cuidado, habría que vigilar, sin castrar ni perseguir, a las nuevas generaciones para enseñarles que el progreso y la tecnificación pasan por otro lado. 1984 se ha superado y no me atrevo a pensar en el 2084.

Enrique Pinti

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