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Tarzán del asfalto

Sunday, October 3, 2010

Cuando la televisión existía solamente en alguna película futurista tipo ciencia ficción clase B, el cine era el entretenimiento artístico popular por excelencia. Los grandes estudios hollywoodenses tenían en su plan de producción distintas unidades donde filmaban historias de géneros diversos; una era la que se encargaba de realizar series. Como una anticipación de lo que años después sería privativo de la tele -o sea detectives, médicos, llaneros solitarios, héroes interespaciales y personajes de leyenda tipo Robin Hood o el Rey Arturo- eran films de presupuesto más pequeño que las grandes superproducciones, pero que hacían las delicias de millones de espectadores y, generalmente, eran programadas como complemento en aquellas dobles o triples secciones del cine de barrio.

Entre los héroes más populares estaba el musculoso y noble Tarzán, que en sus selvas de utilería nos hacía creer que el blanco y negro era en colores. Sí, aquellas películas selváticas comenzaron en la era anterior al Technicolor radiante, y el titán de la jungla luchaba contra cocodrilos de goma y leones proyectados que uno, ingenua criatura de los años 40, creía a pie juntillas que eran verdaderos y no truchados, con cortes de cámara y tomas alejadas para que el doble de riesgo se las arreglara con la fiera salvaje. Mientras, al Tarzán titular le retocaban el maquillaje para la próxima escena. En aquella época no era habitual filmar la cocina del show, el backstage, detrás de escena, making-of, o como se llame esta costumbre de explicarlo todo y romper la ilusión de tragarse heroísmos y riesgos de estrellas glamorosas. Por lo tanto, el espectador, aun sabiendo de la existencia de trucos y efectos, se dejaba llevar por la mágica mentira. Tarzán nadaba, eso era cierto, ya que se trataba de Johnny Weissmuller, campeón mundial de natación mucho antes de ser Tarzán; se descolgaba de lianas y volaba por selvas y montañas -eso también era real-, y se enfrentaba con todo tipo de peligros, muy bien disfrazados por la técnica. Claro que al que esto escribe le parecían algo disparatadas y fantasiosas las peripecias de aquel hombre-mono, y cuando ya me iba a empezar a aburrir tanta parafernalia agreste apareció una aventura de Tarzán que me sorprendió. Se trataba de la llegada del rey de la selva a Nueva York. ¡Sí! El pobre hombre primitivo se había dejado convencer por Juana y, so pretexto de una misión de guerra para salvar a la humanidad, abandonaba su hábitat natural y se enfrentaba con una jungla mucho más peligrosa y agresiva: la de las grandes ciudades, cuyos árboles eran altos rascacielos, y sus alimañas, gángsteres impiadosos y espías nazis con más veneno que la peor serpiente africana.

Me sentí muy identificado con el pobre Tarzán, que lucía más que incómodo con su ambo cruzado, pantalones abolsados sostenidos por tiradores, corbata chillona de flores y bien ancha, y sombrero aludo a la última moda 1942. Triunfaba igual, ya se sabe, pero le costaba el doble. Por supuesto, volvía a la selva y con taparrabo y liana a mano pegaba su alarido famoso y se perdía con Juana tomada por la cintura, su hijo Tarzanito colgando de su pantorrilla y la mona Chita encaramada en su hombro, en la selva blanca y negra que parecía verse en colores.

Fue la primera vez que me puse a pensar cuál era mi jungla preferida y, con todo lo malo que podía tener, me quedé con la de cemento. Niño de asfalto, soñador de carteleras luminosas de teatros llenos que algún día me aplaudirían, loco de la vida nocturna, la cena después de la función, los chimentos de la farándula, el café hasta la madrugada arreglando el mundo desde una mesa, las manifestaciones reclamando algún derecho torcido y la magia del asfalto mojado por la lluvia donde se reflejan las luces de colores del neón que anuncia la última porquería del consumo, yo elegí ser Tarzán de ciudad. El campo, la selva, el verde, la paz, el aire puro y limpio son maravillosos, y hoy soy consciente del mal que le hemos hecho a nuestro planeta con nuestros vicios ciudadanos. Pero, igualmente, me sigue gustando el centro, la gente, los cafés, la noche, el debate, el reclamo y la bohemia, que no tiene por qué ser mugrienta, ni alcohólica ni reventada, pero que, eso sí, debe ser necesariamente divertida. Tarzán estaba más cómodo en la jungla. Un servidor moriría del susto ante las alimañas en cuatro patas. Estoy tan acostumbrado a luchar con las bípedas que creo que lo puedo manejar. No me veo colgado de una liana y desnudo, aunque con los ministros de Economía que hay ¡uno nunca sabe!

Enrique Pinti

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