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Mágica batuta

Sunday, September 26, 2010

Cada vez que nos visita el gran Daniel Barenboim nos deja, además del placer de escuchar magníficas creaciones musicales ejecutadas bajo su genial batuta, la muy dulce melodía, rarísima en estos tiempos de encono e intolerancia, del llamado a la reflexión acerca del peligro de todo tipo de fanatismo, que desemboca fatalmente en la atrocidad de la guerra. Da gusto, como habitante de este país, oírlo relatar sus años de infancia y adolescencia en la Argentina, que, según sus reiteradas declaraciones, fue el ámbito donde comprobó pragmáticamente, en su día a día, que en este rincón del mundo, más allá de todos los problemas, subdesarrollos y barbaridades, se podía ser judío y argentino, musulmán y argentino, europeo y argentino o japonés y argentino, y que a través de los tiempos, como país receptor de razas e ideologías muy diversas, pudo mantener un equilibrio delicado y difícil que permitió que un comercio propiedad de don Abraham estuviera enfrente del de don Alí sin la menor escena de violencia ni desprecio, y que la libertad de culto fuera una de las pocas respetadas a lo largo de la azarosa historia argentina. Claro que nuestro país fue refugio de nazis y eso no puede negarse, pero con lo negativo que puede ser ese aspecto no se reprodujeron como cosa cotidiana las deleznables prácticas discriminatorias que habían teñido de sangre la historia europea. Este continente era el lugar para empezar de nuevo con la bendición de las oportunidades que brindaba a los que, con una mano atrás y otra adelante, sin dominar el idioma local y, en muchos casos, sin la menor idea de las pautas sociales, partían de cero para remontar un pasado de horror. Y no es que olvidaran ni perdonaran; de hecho, muchos criminales de guerra fueron recapturados y sometidos a juicio en Europa, pero la sociedad argentina, plagada de defectos y actitudes erróneas, en ese aspecto fue en general hospitalaria y generosa. Las veredas de la Avenida de Mayo y sus cafés fueron escenario de trifulcas entre republicanos, franquistas y monárquicos españoles, que, de todos modos, coincidían a la hora de bendecir a este amado país al que habían adoptado como propio, tratando de inculcar a sus hijos ideas de paz y armonía, ya que tenían la suerte de no pasar el hambre que ellos habían sufrido. Y lo mismo los tanos o los polacos, y hasta los enigmáticos japoneses, reyes de las tintorerías, adoptaron el asado y los chorizos criollos sin despreciar su amor por el pescado. Ese fue el entorno de Barenboim y el de quien esto escribe. Y no se está pintando una fábula ideal que desconozca los graves brotes racistas que cada tanto afloran en nuestra sociedad y, lamentablemente, en todas las sociedades del mundo, ni la manipulación de sectores enfermos de racismo y prejuicio que siguen operando para sembrar el odio. No, lo que uno puede afirmar desde sus recuerdos es que aquello, que parecía natural, para nada extraordinario, con el correr del tiempo se ha convertido en un tubo de ensayo de unas experiencias que prueban de manera contundente que junto con el odio el ser humano tiene el amor en su naturaleza. Que, sacados de un contexto político donde viejas cuestiones que tienen su raíz en factores económicos, de supremacía o de estrategias geográficas los perturban y condicionan, el hombre es capaz de tolerar, coexistir y respetar a sus prójimos de distinta raza, color, religión y nacionalidad. El arte es un territorio propicio para acercar a los pueblos y, ya sabemos, no arregla los entuertos ni resuelve los graves problemas, pero ayuda aunque sea un poco a mitigar heridas. Esa orquesta de razas y religiones distintas que bajo una genial dirección cumple el objetivo de emocionar y entretener a públicos diferentes es la prueba evidente de que la música amansa a las fieras. Aun en plena Guerra Fría, el Bol­shoi visitaba Nueva York y París, y aunque algún bailarín aprovechara la visita para desertar y, en un gran salto, cambiar de sistema, nunca se suspendieron esas giras que acercaban culturas. Y aquí en épocas de dictaduras, cuando el comunismo era mala palabra y podía generar prisión y muerte, no pudieron cerrar las puertas a la gracia incomparable del Circo de Moscú. Ya sabemos: el arte no resuelve pero ayuda. Y mientras existan los Barenboim la prueba de que el entendimiento es posible será la mejor manera de demostrar la inútil crueldad de la guerra y la intolerancia.

Enrique Pinti

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