RSS

Metas y ambiciones

Sunday, September 16, 2007

Todos tenemos metas y objetivos de vida. Algunos son materiales, otros espirituales y otros, una rara mezcla de materia y espíritu no en sus mejores versiones. Hay metas cuya concreción no depende de nosotros, sino de la suerte: ganar la lotería, por ejemplo. Hay otros objetivos que sólo dependen de nuestra propia búsqueda: formar una familia, establecer vínculos de afecto, crear un clima de armonía en nuestro ámbito doméstico y en el de trabajo. Hay propósitos insanos y desagradables, como pretender apoderarse de los bienes materiales y/o espirituales de los demás por envidia, mediocridad o inseguridad en nuestras propias virtudes. Hay también momentos de arrebato pasional en los que el ser humano no vacila en calumniar, complotar y hasta matar a los que obstaculizan el camino hacia el supuesto triunfo. Todo es resultado de nuestras bajezas y grandezas. Pero en el ámbito público, en el terreno donde la notoriedad masiva pasa a ser un factor preponderante, las cosas toman otro cariz. La ambición de poder por el poder mismo, por la sensualidad que encierra y por la sensación de omnipotencia que produce, es el motor que pone en marcha, con todo el ímpetu que la ambición puede tener, lo mejor y lo peor de la condición humana. Los matices que hacen esta batalla más o menos trágica son los que definen las profesiones y los ámbitos donde la lucha por el poder se desarrolla. No es lo mismo una pelea entre vedettes, actores, cantantes o futbolistas, con sus desplantes de mayor o menor popularidad, talento y convocatoria, que las lamentables disputas entre políticos y gobernantes con opositores y periodistas. Los primeros juegan en una feria de vanidades y egos que no modifica a las bases de una sociedad: solamente la distrae con sus chisporroteos de vanidad y "autobombo" y, más allá de no constituir un buen ejemplo a seguir, no dañan el destino de nadie excepto de ellos mismos. Pero cuando la lucha por el poder se efectúa entre la gente que rige o quiere regir los destinos de un país, ya es otro el cantar.

La historia mundial ha sido y es testigo de las cosas que las clases gobernantes han hecho y hacen por el poder.

Guerras de años y años atravesando siglos, épocas y grados de desarrollo han marcado a fuego a civilizaciones enteras. La religión, el petróleo, el oro, la pólvora, el dominio de nuevas tierras o las rutas marítimas del comercio han sido algunas de las excusas válidas para autorizar matanzas, invasiones y masacres ejecutadas por generales y lloradas por poetas. A veces, la sucesión por un trono real; otras, alguna complicación amorosa, pasional o simplemente sexual de algún monarca hizo rodar cabezas y habilitar cámaras de tortura, y dar inicio, así, a la catarata de hechos luctuosos que ensangrentaron regios terciopelos y alfombras mullidas.

La ambición de poder ha movido la historia para bien y para mal. Para bien, porque para conseguir sus fines egoístas algo hay que prometer, y en las sociedades democráticas (aunque sólo lo sean nominalmente) una parte de esas promesas tiene que concretarse so pena de perder el apoyo popular, y para mal, porque el precio que se le exige al pueblo por esas "promesas cumplidas" es altísimo y consiste en apañar e ignorar con vista gorda y memoria flaca atrocidades, desmanes, atropellos, corrupciones y excesos que la omnipotencia y los supuestos logros los llevan a cometer.

Por eso es extraño oír a tanto compatriota decir de tal o cual candidato/a: "El no necesita nada; lo tiene todo: fama, dinero, éxito, prestigio; lo que haga lo hará por nuestro bien, por pasar a la historia, por el bronce, así que yo lo voto tranquilo". Nadie tiene todo cuando es un ambicioso de poder. Todos los actores soñamos con el Oscar, pero lo vemos tan lejano que ni nos molestamos en preparar el agradecimiento en inglés; los políticos, en cambio, ven el cetro presidencial tan cercano que avanzan hacia él como tanques de guerra y cuando lo obtienen y lo pierden harán todo para recuperarlo, emergerán de las tumbas del olvido, se pondrán pieles de indefenso cordero, apelarán a nuestra mala memoria e irán por su meta, que no siempre es la que nos conviene.

Enrique Pinti

Total Pageviews

Blog Archive

Entidad

  © Blogger template Newspaper

Back to TOP