La fuerza del hombre solo
Sunday, October 4, 2009
Las batallas individuales, las pequeñas-grandes batallas de uno contra todos, las empecinadas guerras de un solo hombre, son muchas veces vistas y juzgadas como intentos vanos que hacen perder energía al batallador, quien si sumara adeptos lograría la fuerza que da la unión.
Nadie discute esto, pero eso no quiere decir que el que no está de acuerdo con la mayoría baje los brazos y se entregue sin luchar. Y, a veces, parecería que los seres humanos estamos obligados por la fuerza de la costumbre, o por una peligrosa comodidad, a consumir cosas que no nos gustan, aceptar cosas que nos repugnan y aguantar ofensas y ninguneos que nos hacen perder la autoestima mínima que cada persona necesita para no sentirse como un insignificante tornillito en una máquina infernal imparable.
Por ejemplo: nos quejamos de la televisión y de su exagerada dosis de violencia física, agresividad de lenguaje y pornografía explícita o subliminal, como si no tuviéramos otra posibilidad de entretenimiento y diversión, como si toda esa "catarata de vulgaridad y grosería", como diría algún jovato escandalizado a coro con una señorona pudibunda, no pudiera ser cortada con una pequeña presión digital en el botón del control remoto que puede efectuar desde un zapping hasta un apagado total.
Es cierto que hay momentos en los que yendo del canal número dos al ochenta y tres sólo encontramos la misma mala noticia, el mismo chorro de sangre y el mismo chimento farandulero, pero no neguemos que, en medio de tanto dislate, el fanático del deporte puede encontrar un remanso y gozar de un buen partido de fútbol, un turismo de carretera, un torneo de tenis, básquet o atletismo (sin olvidar alguna pirueta espectacular de patinaje artístico); que el cinéfilo puede hallar algún clásico imperdible; que el pochoclero juvenil dispone siempre de algún Bruce Willis, Stallone o Tom Cruise haciendo alguna misión imposible, venciendo en un ring a rivales peligrosos o personificando a algún héroe duro de matar; que el que tiene veleidades de gourmet cuenta con recetas a granel, con alegres cocineros y bonitas ecónomas que despiertan todo tipo de apetitos; sin olvidar que los que gozan al internarse en la vida animal, con códigos mucho más lógicos y conmovedores que los que usan los humanos ¿racionales?, encuentran varios canales para elegir; y hasta los balletómanos, melómanos e historiadores pueden gozar desde el inolvidable Bolshoi hasta los excesos de Nerón y Calígula, pasando por el Don Juan de Mozart. O sea que, sin dejar de protestar por la mediocridad predominante, tenemos variadas formas de no dejarnos arrastrar como pobres víctimas hacia el sacrificio. Esa batallita contra lo que no nos gusta no se circunscribe sólo a la "caja boba" o al "plasma de la muerte civil"; esa técnica puede aplicarse a muchas otras cosas que nos irritan. Estamos de acuerdo con que esto no puede adaptarse para todos los aspectos negativos de la sociedad que nos rodea, pero de algunos clavos podemos salvarnos ejerciendo el sagrado derecho de elegir. Por supuesto que hay vastos sectores sociales que están mucho más expuestos e impotentes ante la andanada mediática por cuestiones económicas y educacionales, pero aun así, al ser ayudados y alertados por los que nos damos el "lujo" de elegir, podrán preservar sus valores sin necesidad de censuras tutelares de nefastos funcionarios que piensan que prohibiendo lo que no les gusta a ellos pueden salvar a su comunidad. Las batallas individuales sin prisa y sin pausa logran muchas veces triunfos más duraderos que las prohibiciones. Y aunque todo parezca imposible, la gota horada la piedra y podemos crear y recrear nuestras pautas de vida más allá del desastre general. Mucha gente de muy humilde condición lucha día a día contra la falta de trabajo, la mugre, la droga, la pobreza y el abuso. No sólo apagando la TV que nos molesta es que se logra el triunfo. Eso es para los ricos que tenemos cable; los que desde lo más desclasado luchan todos los días tratando de vivir dignamente merecen nuestro respeto. Son pequeñas batallas que sólo los grandes ganan.
Enrique Pinti
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Nadie discute esto, pero eso no quiere decir que el que no está de acuerdo con la mayoría baje los brazos y se entregue sin luchar. Y, a veces, parecería que los seres humanos estamos obligados por la fuerza de la costumbre, o por una peligrosa comodidad, a consumir cosas que no nos gustan, aceptar cosas que nos repugnan y aguantar ofensas y ninguneos que nos hacen perder la autoestima mínima que cada persona necesita para no sentirse como un insignificante tornillito en una máquina infernal imparable.
Por ejemplo: nos quejamos de la televisión y de su exagerada dosis de violencia física, agresividad de lenguaje y pornografía explícita o subliminal, como si no tuviéramos otra posibilidad de entretenimiento y diversión, como si toda esa "catarata de vulgaridad y grosería", como diría algún jovato escandalizado a coro con una señorona pudibunda, no pudiera ser cortada con una pequeña presión digital en el botón del control remoto que puede efectuar desde un zapping hasta un apagado total.
Es cierto que hay momentos en los que yendo del canal número dos al ochenta y tres sólo encontramos la misma mala noticia, el mismo chorro de sangre y el mismo chimento farandulero, pero no neguemos que, en medio de tanto dislate, el fanático del deporte puede encontrar un remanso y gozar de un buen partido de fútbol, un turismo de carretera, un torneo de tenis, básquet o atletismo (sin olvidar alguna pirueta espectacular de patinaje artístico); que el cinéfilo puede hallar algún clásico imperdible; que el pochoclero juvenil dispone siempre de algún Bruce Willis, Stallone o Tom Cruise haciendo alguna misión imposible, venciendo en un ring a rivales peligrosos o personificando a algún héroe duro de matar; que el que tiene veleidades de gourmet cuenta con recetas a granel, con alegres cocineros y bonitas ecónomas que despiertan todo tipo de apetitos; sin olvidar que los que gozan al internarse en la vida animal, con códigos mucho más lógicos y conmovedores que los que usan los humanos ¿racionales?, encuentran varios canales para elegir; y hasta los balletómanos, melómanos e historiadores pueden gozar desde el inolvidable Bolshoi hasta los excesos de Nerón y Calígula, pasando por el Don Juan de Mozart. O sea que, sin dejar de protestar por la mediocridad predominante, tenemos variadas formas de no dejarnos arrastrar como pobres víctimas hacia el sacrificio. Esa batallita contra lo que no nos gusta no se circunscribe sólo a la "caja boba" o al "plasma de la muerte civil"; esa técnica puede aplicarse a muchas otras cosas que nos irritan. Estamos de acuerdo con que esto no puede adaptarse para todos los aspectos negativos de la sociedad que nos rodea, pero de algunos clavos podemos salvarnos ejerciendo el sagrado derecho de elegir. Por supuesto que hay vastos sectores sociales que están mucho más expuestos e impotentes ante la andanada mediática por cuestiones económicas y educacionales, pero aun así, al ser ayudados y alertados por los que nos damos el "lujo" de elegir, podrán preservar sus valores sin necesidad de censuras tutelares de nefastos funcionarios que piensan que prohibiendo lo que no les gusta a ellos pueden salvar a su comunidad. Las batallas individuales sin prisa y sin pausa logran muchas veces triunfos más duraderos que las prohibiciones. Y aunque todo parezca imposible, la gota horada la piedra y podemos crear y recrear nuestras pautas de vida más allá del desastre general. Mucha gente de muy humilde condición lucha día a día contra la falta de trabajo, la mugre, la droga, la pobreza y el abuso. No sólo apagando la TV que nos molesta es que se logra el triunfo. Eso es para los ricos que tenemos cable; los que desde lo más desclasado luchan todos los días tratando de vivir dignamente merecen nuestro respeto. Son pequeñas batallas que sólo los grandes ganan.
Enrique Pinti
