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La fuerza del hombre solo

Sunday, October 4, 2009

Las batallas individuales, las pequeñas-grandes batallas de uno contra todos, las empecinadas guerras de un solo hombre, son muchas veces vistas y juzgadas como intentos vanos que hacen perder energía al batallador, quien si sumara adeptos lograría la fuerza que da la unión.

Nadie discute esto, pero eso no quiere decir que el que no está de acuerdo con la mayoría baje los brazos y se entregue sin luchar. Y, a veces, parecería que los seres humanos estamos obligados por la fuerza de la costumbre, o por una peligrosa comodidad, a consumir cosas que no nos gustan, aceptar cosas que nos repugnan y aguantar ofensas y ninguneos que nos hacen perder la autoestima mínima que cada persona necesita para no sentirse como un insignificante tornillito en una máquina infernal imparable.

Por ejemplo: nos quejamos de la televisión y de su exagerada dosis de violencia física, agresividad de lenguaje y pornografía explícita o subliminal, como si no tuviéramos otra posibilidad de entretenimiento y diversión, como si toda esa "catarata de vulgaridad y grosería", como diría algún jovato escandalizado a coro con una señorona pudibunda, no pudiera ser cortada con una pequeña presión digital en el botón del control remoto que puede efectuar desde un zapping hasta un apagado total.

Es cierto que hay momentos en los que yendo del canal número dos al ochenta y tres sólo encontramos la misma mala noticia, el mismo chorro de sangre y el mismo chimento farandulero, pero no neguemos que, en medio de tanto dislate, el fanático del deporte puede encontrar un remanso y gozar de un buen partido de fútbol, un turismo de carretera, un torneo de tenis, básquet o atletismo (sin olvidar alguna pirueta espectacular de patinaje artístico); que el cinéfilo puede hallar algún clásico imperdible; que el pochoclero juvenil dispone siempre de algún Bruce Willis, Stallone o Tom Cruise haciendo alguna misión imposible, venciendo en un ring a rivales peligrosos o personificando a algún héroe duro de matar; que el que tiene veleidades de gourmet cuenta con recetas a granel, con alegres cocineros y bonitas ecónomas que despiertan todo tipo de apetitos; sin olvidar que los que gozan al internarse en la vida animal, con códigos mucho más lógicos y conmovedores que los que usan los humanos ¿racionales?, encuentran varios canales para elegir; y hasta los balletómanos, melómanos e historiadores pueden gozar desde el inolvidable Bolshoi hasta los excesos de Nerón y Calígula, pasando por el Don Juan de Mozart. O sea que, sin dejar de protestar por la mediocridad predominante, tenemos variadas formas de no dejarnos arrastrar como pobres víctimas hacia el sacrificio. Esa batallita contra lo que no nos gusta no se circunscribe sólo a la "caja boba" o al "plasma de la muerte civil"; esa técnica puede aplicarse a muchas otras cosas que nos irritan. Estamos de acuerdo con que esto no puede adaptarse para todos los aspectos negativos de la sociedad que nos rodea, pero de algunos clavos podemos salvarnos ejerciendo el sagrado derecho de elegir. Por supuesto que hay vastos sectores sociales que están mucho más expuestos e impotentes ante la andanada mediática por cuestiones económicas y educacionales, pero aun así, al ser ayudados y alertados por los que nos damos el "lujo" de elegir, podrán preservar sus valores sin necesidad de censuras tutelares de nefastos funcionarios que piensan que prohibiendo lo que no les gusta a ellos pueden salvar a su comunidad. Las batallas individuales sin prisa y sin pausa logran muchas veces triunfos más duraderos que las prohibiciones. Y aunque todo parezca imposible, la gota horada la piedra y podemos crear y recrear nuestras pautas de vida más allá del desastre general. Mucha gente de muy humilde condición lucha día a día contra la falta de trabajo, la mugre, la droga, la pobreza y el abuso. No sólo apagando la TV que nos molesta es que se logra el triunfo. Eso es para los ricos que tenemos cable; los que desde lo más desclasado luchan todos los días tratando de vivir dignamente merecen nuestro respeto. Son pequeñas batallas que sólo los grandes ganan.

Enrique Pinti

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Calesita

Sunday, September 27, 2009

Cómo me gustaba la calesita... Aquel noble caballo que tiraba con cara resignada y años de dar vueltas y vueltas, aquella ilusión de sacar la sortija y hacerse acreedor a una vuelta gratis, aquella algarabía, la excitación por conseguir montar el caballito de madera blanco con montura dorada, el bote verde brillante con filetes rojos o la bella sirenita de bucles rubios y sonrisa eterna, la música de aquellos discos de 78 revoluciones que iba de Por cuatro días locos a Sobre las olas. La alegría era tan grande que uno pasaba por alto el aroma de los "regalitos" que el noble corcel otorgaba a la concurrencia. ¡Y los barquillos! ¡Qué sensación tan inefable cuando hacíamos girar la manivela para lograr algún premio!, ¡el papelito con una adivinación del futuro que nos daba la patita del loro del organillero! ¡Y después las hamacas: cuanto más alto volaban, más gozo y cosquillitas bienvenidas en nuestros estómagos infantiles! ¡Sube y baja y tobogán! ¡Qué placeres de plaza de barrio!

¿Quién me iba a decir que, de viejo, todas esas sensaciones me las iban a hacer sentir políticos y funcionarios elegidos, por mí o por otros, pero elegidos al fin?

La calesita sigue girando y, así como en la infancia la monótona y eterna repetición que vuelta tras vuelta confirmaba la reaparición del mismo caballito blanco, el mismo bote verde y la misma sexy sirenita de bucles dorados, hoy la sensación es muy diversa y llega a niveles patéticos al ver repetirse en cada giro las mismas caras (algunas muy colagenadas, lo cual redobla el horror), las mismas promesas, los mismos eslóganes y las mismas consignas. Y ahí aparece otra vez el caballito blanco superneoliberal antipopulista que relincha cantando con aires camperos que privatizar es progresar, y tras él, el bote verde de filetes rojos hablando estatalmente del Estado estatizador que cuanto más estatice mejor estatizador será. Y para que nada falte, la sirenita de bucles dorados haciendo honor a su condición entona cantos seductores que van de la revolución bolivariana al golpe militar, pasando por la pena de muerte o la despenalización de cuanto delito sea imaginable con una bipolaridad digna de mejor causa. Y ahí estamos los ciudadanos tratando de sacar la sortija, unos con sanas intenciones de que haya de todo para todos, otros con la siniestra intención de quedársela para sí y otros con la esperanza de que el poder de turno los beneficie con un tipo de cambio, una devaluación, una pesificación, un uno-a-uno o algún subsidio a su actividad, sea ésta noble y legal o ilícita. El barquillero no tiene materia prima que ofrecer y el lorito adivinador es un corrupto que por alguna componenda anuncia lo que le dictan los intereses creados por los organilleros de turno.

Las hamacas son empujadas por la violencia y la miseria, el sube y baja son nuestras sensaciones de vacío, descapitalización y repentinos optimismos engañadores, y el tobogán es donde nos empujan las sucesivas decepciones.

Si fuera uno solo el enemigo, como muchos simplificadores nos quieren hacer creer, sería muy fácil limpiar la plaza del barrio y volver a la plácida sensación infantil. Pero no, no es así de fácil. En su girar, la calesita nos marea no sólo a nosotros, los que miramos, sino también a ellos, los que montan el caballito, el bote o la sirena, y vuelta a vuelta se unen, se separan, se pelean y caen de sus lugares para reagruparse desordenadamente en alegre y confuso montón. Los "regalitos" del noble equino que arrastra tanto teje y maneje son cada vez más insoportables y se acumulan vuelta tras vuelta, ballottage tras ballottage.

A veces, allá en la infancia, pasaba que el calesitero cambiaba un caballito, suplía el bote con una carroza y trocaba la sirena por un dragón, y uno se ilusionaba, pero básicamente era la misma vuelta de siempre. Yo todavía, a los setenta, espero la sortija. No sé, un cambio de musiquita, un calesitero que me vuelva a ilusionar. De esperanza se vive y es lo último que se pierde.

Enrique Pinti

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Prevenir y curar

Sunday, September 20, 2009

Llega un momento en la vida de los que tenemos la suerte de superar los cincuenta, los sesenta y los setenta abriles (en el caso del que esto escribe, los octubres, mes de su cumpleaños) en el que, junto al agradecimiento por haber vivido, llegan comprobaciones no tan agradables como uno desearía. Parecen detalles menores, pero no lo son tanto. Las escaleras comienzan a ser nuestras enemigas y, si a los sesenta cuesta subirlas, a los setenta cuesta también bajarlas.¿Dónde quedaron aquellos trotes al volver de la escuela y ascender de dos en dos esos escalones (veinte, para más datos) que había entre la puerta de calle y el vestíbulo de la casa natal? ¿Y aquel galope ágil al bajarlos con flamantes pantalones largos para ir al cine? ¿Qué pasó con esos saltos que uno daba para levantarse de la cama con la agilidad de un gato? ¿Y las corridas maratónicas para que no se nos escaparan subtes, colectivos y tranvías? ¿Y el descenso de esos mismos vehículos en pleno movimiento logrando un equilibrio perfecto? ¡Cómo duelen ahora los remordimientos por la cantidad de veces que nos burlamos de ancianas y ancianos que tropezaban con todo, tambaleaban inseguros mientras preguntaban a los más jóvenes: "¿Hay algún escalón?" ¡Cuánto arrepentimiento tardío sentimos por haber sido perezosos y vagos para hacer gimnasia y ejercicios físicos, y así lograr una mayor elasticidad. Cataratas de vino, océanos de sidra, cerveza o champagne, bosques frondosos de tallarines, tucos, kilómetros de tiras de asado y rotondas de pizzas bordeando lagunas de gaseosas dulces para llegar a montañas de helados y tortas, se nos hacen presentes en cada achaque, cada calambre y cada pico de presión o ataque de hígado. Las humaredas de tanto cigarrillo nos nublan la vista y nos regalan ataques de tos seca y unos dolorcitos de pecho que no presagian nada bueno. Nos queda una sola frase que decir, algo así como un mea culpa y al mismo tiempo una pequeña disculpa: "Confieso que he vivido".

Es cierto, hemos vivido y no se nos puede criticar por haber pretendido ser lo más felices que pudimos y, mucho menos, por gozar de los buenos momentos que la vida nos brindó.

Pero un poco más de prudencia y un poco menos de soberbia nos hubiera venido muy bien. Pensar que "sólo se enferman los otros" es una de las necedades más habituales en las que solemos caer los humanos. El extremo opuesto, privarse de todo lo que nos gusta, sacrificar todos nuestros deseos en aras de "la salud perfecta", perdernos las gratificaciones a las que todos tenemos derecho y, sobre todo, pretender aparentar veinte años hasta los noventa, es otra torpeza. Pero lo cierto es que muy pocos pueden lograr ese delicado equilibrio que combina la buena genética, la buena conducta y el placer de vivir. Y nos acordamos un poco tarde de lo que deberían haber sido sabias prevenciones. De todas maneras, nunca es demasiado tarde para modificar lo que nos daña y nos hace mal y, nos quede lo que nos quede por vivir, podemos vivirlo con más cautela y, eso sí, con la mayor dosis de humor que nos sea posible.

Habrá que extremar los cuidados: mirar con respeto esas malditas escaleras cada vez más empinadas, maldecir como desahogo a los arquitectos y constructores que para aprovechar el espacio limitado hacen en bares y restaurantes los baños en entrepisos y subsuelos a los que se debe acceder sorteando escalones donde no cabe un pie número cuarenta, insultar mentalmente a los que han convertido los micros y colectivos en montañas donde los jovatos podemos trepar sólo con el empujón no siempre solidario de los que vienen detrás y que nos "elevan" tocándonos el trasero con frenesí, y sobre todo añorar aquellos años locos de juventud en que no sabíamos si teníamos hígado ni estómago y el intestino funcionaba como el reloj Big Ben de Londres y no como la campana de una escuela abandonada. Dicen que es mejor prevenir, pero al menos probemos curar, para lo cual nunca será demasiado tarde.

Enrique Pinti

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Manchas en la alfombra

Sunday, September 13, 2009

Es como si de pronto aparecieran y se hicieran visibles. Generalmente esto sucede cuando los necesitan y generalmente, también, no se les resuelve el problema básico, aparentemente simple, pero en verdad complejísimo. Son como esas manchas negras que no se notan en las alfombras oscuras, pero que cuando se derraman en tapetes blancos se nos hacen intolerablemente nítidas.
Son los pobres, los excluidos, los indigentes, los marginados, los desposeídos, los míseros, esos que son bienaventurados y que, según las Sagradas Escrituras, tienen asegurado el reino de los cielos.
Lo irónicamente lamentable es que el reino de la tierra les está vedado, y la concatenación de sucesos históricos y fenómenos sociales (locales o globalizados) que los empujan a las privaciones, el resentimiento social, y muchas veces a la extrema violencia, son responsabilidad principal de los gobernantes, que generalmente no asumen esa responsabilidad. Y las sociedades sólo notan esas carencias y se escandalizan cuando la situación se descontrola y se derrama como las manchas negras sobre las partes blancas de la alfombra social.
Los que todavía tenemos algo de memoria, no selectiva y de acuerdo a la ocasional simpatía o antipatía por los mandamases de turno, sino memoria a secas, sabemos y vimos cómo, al finalizar la dictadura de 1976, una de las primeras medidas que tomó el gobierno democrático fue el lanzamiento de un plan de emergencia alimentaria denominado PAN y, más allá de los errores y discusiones acerca del funcionamiento del plan, lo que evidenció esa medida es que ya en 1983 había grandes sectores de la población que no tenían la posibilidad de acceder a una nutrición razonablemente balanceada. Al final precipitado de ese gobierno, una hiperinflación golpeó los bolsillos de todas las clases sociales, y en los saqueos (preparados o no) se vio por televisión a cantidades de ciudadanos paupérrimos, esos mismos que a finales de los años 80 ya avergonzaban la conciencia de cualquier argentino de buena fe que los veía pulular por las avenidas del centro y la rotonda del Obelisco en actitud limosnera y clamando por trabajo estable. Entre los fastos del menemato, con lofts y restaurantes paquetísimos en Puerto Madero, la famosa estabilidad del uno a uno, dibujo perfecto para hacernos creer a los que teníamos guita que estábamos en el primer mundo, cientos de fábricas cerraron sus puertas tirando a la calle, al desaliento, al "emprendimiento personal" (o sea, parripollos y quioscos a granel que fueron cerrando porque llegó a haber más locales que clientes), y sobre todo generando rabia y violencia entre los desclasados. El desmantelamiento de los ferrocarriles creó pueblos fantasma, otrora morada de una riqueza agropecuaria que se fue al traste y llevó a la quiebra a muchos productores. Pero como una buena parte de las clases media y media alta subíamos al avión de la fantasía de ir a Miami como quien va a Chascomús, y había créditos blandos y negociados duros, nos pusimos los vidrios polarizados y no vimos a la masa cada vez más grande de desposeídos "arruinando" el microcentro, viviendo en la puta calle y con signos evidentes de alcohol y droga; los asaltos a restaurantes, los miles de autos rotos para robar los pasacasetes y la violencia que todavía estaba circunscripta a barrios pobres del conurbano (o sea la parte negra de la alfombra). Al finalizar la bacanal primermundista, eran miles y miles los que ya no sabían lo que era una escuela y una mínima contención familiar. Como si esto no bastara, vino el corralito, la gente en la calle reprimida y golpeada por el "pecado" de reclamar lo que era suyo. ¡Y más pobres! La administración siguiente, o sea la actual, prometió acabar con ese estado de cosas, pero lo real, lo que se ve y se palpa, más allá de intencionalidades politiqueras y pases de facturas de medios perjudicados por tejes y manejes que el ciudadano común no logra entender con claridad, es que la pobreza ha aumentado y es vergonzosa. Pero si no hacemos la reconstrucción exacta de la degradación que sin prisa y sin pausa nos llevó a esto, vamos a volver a elegir a responsables anteriores de estas catástrofes. Y ahí sí no tendremos perdón de Dios.
En un país como el nuestro no se llega la miseria en seis años. No creamos cual caperucitas en el lobo disfrazado de abuela.
Enrique Pinti

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Carpetas de cartulina

Las series norteamericanas de televisión, especialmente las policiales, suelen tener una estructura básica similar. Casi siempre comienzan con un par de jóvenes enamorados que corretean divertidos por alguna parte hasta que se topan con un cadáver. De inmediato aparece el equipo de policías o detectives, o quienquiera que protagonice la serie, y comienza la investigación. Estudian la escena del crimen, interrogan a los testigos, señalan al sospechoso y al cabo de cuarenta y ocho minutos repartidos en varios bloques resuelven el caso.
Un punto llamativo de estas series es la forma en que se muestra el trabajo. Todo el mundo trabaja, como es lógico, y los personajes involucrados están en plena tarea cuando llega la policía a interrogarlos. Supongamos que el marido de la mujer asesinada es dueño de un restaurante: los investigadores hablarán con la recepcionista, con el lavacopas y con una camarera: analizarán la organización de los horarios, las compras en el mercado y hasta la relación con la crítica gastronómica de la prensa. Las historias que se cuentan están vinculadas con la naturaleza del trabajo y se maneja información muy específica sobre los asuntos más interesantes. Si la víctima es un importador de antigüedades, conoceremos los valores de cierta platería grabada de la realeza austríaca, o detalles de las armaduras que utilizaban los soldados en las Cruzadas. Si es un jugador de hockey sobre hielo, vamos a conocer, a través del encargado, los mecanismos de armado y mantenimiento de una pista de hielo, los horarios y los ejercicios del entrenamiento, la dieta de los jugadores y el ángulo exacto en que liman el borde de sus patines. De hecho, nos enteraremos de que liman el borde de sus patines. Si el hombre vendía seguros, exportaba naranjas o estibaba cajas en un frigorífico, la investigación se internará en el corazón de su trabajo y compartirá la información con el público. Vamos a ver la reproducción sexual de cierta clase de moho y analizar la logística en la administración de un zoológico. Todo el mundo en estas series tiene una tarea definida y mostrada con detalles: asistentes sociales, abogados, niñeras, funcionarios de inmigración, diseñadores de ropa, músicos de rock, fabricantes de cerveza, vendedores de droga, enfermeras, bomberos, profesores, ordenanzas y despachadores de hamburguesas. Cada uno de ellos, créase o no, con su propia mística. En algunos casos, sobre todo cuando los protagonistas son científicos, el nivel de sofisticación tecnológica que se maneja parece producto de la ficción. Sin embargo, los hallazgos a los que aluden se leen poco después en los diarios como noticias reales. Por imaginativos que sean los guionistas, los científicos verdaderos están siempre un poco más locos y más adelantados.
En la ficción argentina, salvo excepciones, la cuestión del trabajo no parece un tema de interés. Salvo en el caso de las mucamas, no se ve a nadie trabajando. No queda muy en claro a qué se dedican las empresas: sólo se ven muchachas con carpetas de cartulina en la mano y secretarias que mencionan una reunión con los clientes. Las historias que se cuentan podrían ocurrir del mismo modo en una escribanía, un aeropuerto o un taller mecánico.
En la ficción argentina importan los amores contrariados, los desencuentros entre padres e hijos, la defensa del honor y el sabor de la venganza. Pero, al parecer, no se le encuentra el glamour al trabajo. No se habla del tema, no se manejan sus rutinas y se desconocen sus peculiaridades. Se renuncia así a una formidable fuente argumental, llena también de amor y heroísmo, y se elude el registro testimonial de los tiempos que corren: las tareas, el trabajo, la vida de la gente.
Cecilia Absatz

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Mentiras gordas

Sunday, September 6, 2009

El que esto escribe no es una excepción y olvida cosas que no debería olvidar. En realidad, no son estrictamente olvidos, sino confusiones y poca noción del tiempo; esa procesadora no muy aceitada con la cual nuestro cerebro licua y disuelve fechas y contextos produciendo un cóctel catastrófico que se parece más a un puré ideológico sin sabor que a un lindo trago largo.

Haciendo revisiones cinematográficas para el programa de televisión dedicado al cine argentino que he tenido el gusto de realizar, volví a ver trozos de semidocumentales del director Fernando Birri. Uno es Tire dié, el desgarrador pedido de pibes de no más de cinco o seis años que, poniendo en serio peligro su vida, reclamaban, corriendo a la par de veloces trenes, a pasajeros que desde las ventanillas miraban azorados ese cuadro de miseria, habitual en la India, por ejemplo, pero absolutamente injustificable en una Argentina próspera, según se decía desde los gobiernos y se palpaba desde la realidad cotidiana. El film, realizado a finales de los años cincuenta, no era una mera ficción; los niños que corrían no eran actores ni mucho menos prodigios tipo Toscanito y la barra de la inolvidable Pelota de trapo. No, eran auténticos mendigos infantiles de las afueras de Santa Fe, provincia rica y de buena reputación social. Sin embargo, ahí estaban, abandonados, sucios y arriesgando su vida por diez centavos. El mismo realizador dirigió, a comienzos de la década del sesenta Los inundados, y allí estaban no sólo los niños sino familias enteras soportando las inundaciones, no accidentales e imprevistas, sino eternas rutinas, quejándose de la imprevisión gubernamental de turno y, sobre todo, de la falta de adecuada protección a niveles increíbles de subdesarrollo. En la Argentina rica, la pobreza vergonzosa, en 1958 o 1960 (vistos en perspectiva y comparándolos con la actualidad, parecen años fabulosos y seguros, confortables y sin violencia), la miseria documentada nos mostraba la otra cara de la realidad, y se sabía que Chaco, Formosa, Santiago del Estero o Jujuy presentaban cuadros parecidos. Claro, eran minoritarios, pero no por eso menos vergonzosos para un país con recursos más que suficientes para resolver esos "bolsones de pobreza" con cierta celeridad. Buscando y seleccionando materiales cinematográficos se vuelve a comprobar el malísimo estado de las copias existentes, y mientras Estados Unidos, Francia, España, Alemania, México y Rusia han reciclado y remasterizado todo su pasado visual, resguardando desde el cine comercial más pedestre hasta joyas de la experimentación, clásicos de todas las épocas y con los contenidos ideológicos más variados, nosotros hemos dejado morir y marchitar la mayoría de nuestra memoria histórica visual. A pesar de los denodados esfuerzos de cinematecas, particulares, coleccionistas y mecenas, nuestro pasado cinematográfico está (cuando está) muy mal conservado. Y siempre se dice lo mismo, a lo largo de todos los gobiernos que este vejete ha soportado: "No hay plata", "primero hay que atender los acuciantes problemas sociales que nuestro país ha heredado de las administraciones anteriores (siempre son las anteriores, aunque muchos de los que están en las actuales habían estado también en las anteriores)", "los maestros, los jubilados, los hambrientos y los chicos de la calle son nuestra principal preocupación; no podemos destinar fondos para preservar películas"... Así han pasado sesenta años, y mientras Birri documentaba la miseria, su material se iba deteriorando, la miseria siguió aumentando y ni los maestros, ni los jubilados, ni los hambrientos ni los chicos de la calle fueron asistidos, sino abandonados a su mala suerte por años, mientras gobiernos militares y civiles de todo signo ideológico relegaron la preservación de nuestro pasado y de esos irreemplazables documentos de vida a un olvido digno de mejor causa. O sea, los pobres siguen pobres (cada vez más); los viejos y niños, sin protección, y la cultura, como último orejón del tarro. Lo que México hace con las películas de charros y cantantes populares, vampiresas indígenas, culebrones fabulosos y clásicos del Indio Fernández, Luis Buñuel y otros genios, nosotros no lo podemos hacer por falta de dinero, mientras gobernantes de todas las épocas incrementan sus patrimonios en forma escandalosa. Son mentiras muy gordas. ¿Qué habrá que hacer? ¿Correr tras sus limusinas y gritarles "tire dié"? Vergüenza es poco decir.

Enrique Pinti

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Poder, se puede

Sunday, August 30, 2009

Se habla mucho sobre la sensualidad del poder. Es evidente que los que tienen la posibilidad de ejercerlo a cualquier nivel demuestran un apego muchas veces enfermizo a él y se desesperan por retenerlo y no cederlo a nadie. Para la mayoría de la gente, sometida al mandato de los poderosos, llegar a tener poder se convierte en una obsesión y una especie de fantasía delirante donde el pobre subordinado se ve como un dios adorado y temido por el resto de la humanidad.

También se habla sobre la soledad del poder. Y, en efecto, el poderoso suele quedarse solo, rodeado de obsecuentes y chupamedias, o de conspiradores que bajo una máscara amable afilan día a día el serrucho con el que destrozarán más tarde o más temprano el pedestal donde el energúmeno mandante está parado. La soledad, ya sabemos, a veces es muy mala compañera, pues aísla y no permite ver la realidad. La falta de contacto con la verdadera cara de la vida produce derrumbes, no sólo de reyes y tiranos, sino de imperios.

Los poderosos por las buenas o por las malas, por merecimientos justos o por casualidades oportunistas, suelen creer que ese estado de cosas que les permite ordenar y ser obedecidos sin chistar será eterno, y ahí es donde se equivocan fiero. Todo lo que empieza, alguna vez termina, y nadie está preparado para tomarse con calma y sensatez la decadencia y el ocaso; es más, a mayor deterioro se suele contestar con mayor autoritarismo, acelerando así la caída, que será más contundente y dolorosa.

Y como si esto fuera poco, y por el mismo precio, debemos asistir a la sexualidad del poder en festividades patéticas que la era moderna eterniza en fotos vergonzosas que nunca terminamos de saber si son verdaderas o montadas, pero que producen risa y lástima mezcladas con incredulidad y bronca.

Las orgías de griegos y romanos debían de ser muy importantes pues con censura, siglos y siglos de antigüedad y sin la ayuda de la imagen fotográfica o fílmica, han llegado a nuestros oídos con lujo de detalles. La supuestamente "oscura" Edad Media nos ha dejado entrever, bajo cinturones de castidad y santos por millones, que los poderosos, con la colaboración de vasallos y vasallas, organizaban fiestones y misas negras que incluían a reyes, reinas, papas, pajes y doncellas en alegre montón. Boccacio en la literatura y los Borgia ya en pleno Renacimiento son testigos de que poder y sexo bailaban la misma danza.

Cleopatra avanzando sobre el poder romano con su sexualidad a flor de piel, embarazándose de cuanto poderoso se le cruzaba, César incluido, reclamaba desde la aparente obediencia al amo invasor una legalidad que le permitía ejercer un poder con pactos sellados en el lugar más importante: la cama.

Y así, saltando por los siglos, el viejo y querido sexo se ha entremezclado con intrigas palaciegas en salones imponentes y burdeles más o menos legales en la vida política con revuelo de sábanas y aromas de escándalo. El siglo veinte trajo tanto ministro, embajador, rey, reina, presidente, princesa y consorte escandalosos que no alcanzarían cien voluminosos tomos para ilustrar la loca sexualidad del poder.

Y en nuestro siglo veintiuno, gallardos presidentes galos de pequeña estatura e inmensa libido hacen la competencia a mandatarios itálicos con la mozzarella revuelta y a ardientes rusos que entre masacre y masacre acosan secretarias y cuanta falda se les cruce... También puede cruzárseles algún pantalón, porque a la hora de "ejercer" ya se sabe que "todos los gatos son pardos". El video, Internet y toda la parafernalia mediática y tecnológica contribuyen a develar estos "misterios" que ya han dejado de serlo. No tiene nada de malo que cada uno haga de su sexo un pito sin molestar al prójimo, pero entonces habría que moderar el tono admonitorio y las caras de santurrones durante tedeums y ceremonias y no condenar con tanta impiedad lo que ellos mismos consumen en fiestas privadas que son absolutamente públicas.

Estos poderosos no se dan cuenta de que las cosas han cambiado y que, así como ellos rompen códigos y hacen guerras por conveniencia, las chicas, chicos y demás participantes de sus jueguitos ya no guardan más la compostura y venden la foto al mejor postor. Y no hay poder que los pare.

Enrique Pinti

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