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Estrellas

Sunday, February 12, 2012

En el agitado y variable mundo de la farándula brillan muchas estrellas. Algunas son tan fugaces que dependen de algún escándalo, una moda o un fenómeno social que marcará con su duración histórica la vigencia del supuesto ídolo. Otras tienen una permanencia más sólida, prolongada por méritos artísticos. Sostenidos por un andamiaje de perfeccionamiento profesional, ellos también están sujetos a los cambios y evoluciones a las que el público se ve sometido. El talento puede ser verdadero y hasta brillante, pero sucesos históricos, revoluciones sociales, cambios repentinos o graduales de costumbres, maneras diferentes de vivir la vida y demás factores externos marcarán la fecha de vencimiento de esos artistas. Aunque (¿por qué no?) también es posible que resurjan y se revaloricen con el tiempo, porque ya se sabe, todo vuelve más tarde o más temprano.

Asimismo, hay estrellas que prolongan su fascinación y vigencia por siglos, desafiando con su permanencia las leyes casi naturales de la evolución, las modas y los cambios sociales.

De la primera categoría no hace falta hablar demasiado. Las hemos visto todos los días a lo largo de nuestra vida. Son las fugaces (o fugazzas, por su chorreo grasoso y no por su exquisito sabor), van y vienen, suben y bajan, si se aplican y estudian pueden trascender la pavada del mediatismo sensacionalista y, si se les cae la estantería, se convertirán en rostros olvidados.

La segunda clase mencionada, o sea los auténticos profesionales, puede aspirar por la enjundia de sus trabajos a una permanencia más o menos prolongada. Servirán de referente a las generaciones posteriores, ayudados por los memoriosos aficionados que transmitirán las hazañas realizadas, mostrarán fotos, artículos, afiches, reportajes, películas y cuanto se conserve de aquellas inolvidables labores.

Pero hay otra categoría, la de los inmortales, la de los que más allá de su talento se convierten en mitos universales, en productos que atraviesan épocas y costumbres. Llegan a ser íconos que, a pesar de pertenecer y representar épocas precisas y particulares, llegan al Olimpo de los elegidos, únicos e irrepetibles.

Muchas veces esa vigencia es provocada por trágicas existencias o muertes en plena juventud. Tales son los casos de nuestro zorzal Carlos Gardel, el inmortal. O James Dean, el rebelde con muchas causas, estandarte de la generación de los iracundos que se sublevaron frente a la pacatería y cursilada hipócrita del sueño americano de la década del cincuenta. Un tango de Gardel sigue siendo sinónimo de porteñidad aquí y en la China. El aire torturado y melancólico del joven agobiado y furioso, mezcla de apatía y fogosidad que emana de las fotos de un James Dean con campera roja, jeans ajustado, botas y navaja en mano, sigue reflejando los gestos exteriores básicos del joven harto de las estructuras que no le dejan ser lo que querría ser, aunque aún no lo tenga demasiado claro. Pero lo que sí sabe es lo que no quiere ser.

¿Y qué decir de la eterna rubia que no era rubia? Marilyn Monroe, esa criatura angelical y sexy, cotidiana e inaccesible, muchacha de barrio y diosa solitaria. Cada tanto vuelve a resurgir, y a cincuenta años de su ¿suicidio?, ¿asesinato?, ¿muerte anunciada?, sigue representando la mujer que no quiso ser objeto, pero igualmente fue usada y traicionada por productores, políticos e intelectuales. En mis recientes vacaciones vi una deliciosa evocación de los avatares que padeció Marilyn durante la filmación de El príncipe y la corista, coprotagonizada y dirigida por el gran Laurence Olivier. Se trata de una adaptación al cine de un best seller escrito por quien fuera un muy joven asistente de producción, que presenció el duelo entre el gran actor británico y la sex symbol americana que quería aplicar el método Strasberg a un texto de comedia no muy trascendente. El choque de los dos conceptos y el supuesto romance con el entonces joven asistente son los nudos de un relato que en 2012 sigue significando mucho para el público. Sos inmortal, Marilyn, sesenta años no es nada.

Enrique Pinti

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El dulce aroma del éxito

Sunday, February 5, 2012

El éxito es un arma de doble filo que, a pesar de sus riesgos, todos queremos obtener. Hay muchas maneras de ver, considerar y vivir un éxito. Hay éxitos que implican ascenso social, riquezas materiales, figuración, poder y aplauso general. Hay otros que son internos, sin ruido, de profunda significación emocional, éxitos que nos brindan la posibilidad de vencer miedos, de superar obstáculos, de luchar por ideales y lograr imponerlos sin esperar recompensas materiales, sin ambicionar otra cosa que no sea la satisfacción del deber cumplido. También hay éxitos cotidianos, pequeños sólo aparentemente, que consisten en terminar cada jornada con la seguridad de que no hemos perjudicado a nadie, que tenemos salud y que nuestros seres más amados respiran a nuestro lado esperando un nuevo amanecer.

Estos logros se diferencian tajantemente. Unos son los peligrosos éxitos del afuera y otros los entrañables éxitos interiores. Los primeros dan muchas satisfacciones y son necesarios, ya que a grandes esfuerzos corresponden grandes resultados. Todos los deseamos, es humano y lógico. El problema es supeditar nuestra vida a ese único aspecto, es alcanzarlos a cualquier precio pisando cabezas, arrasando voluntades y encerrándonos en vanidades insoportables y egocentrismos patéticos. Creer que somos la única opinión posible, la única idea válida y la única manera de vivir, considerándonos, montados en el caballo de nuestro poder, los dueños de la verdad y los poseedores de la piedra filosofal. Esa manera de disfrutar el éxito nos llevará casi fatalmente a la caída, que será más dura cuanto más alto haya sido el lugar ocupado.

El otro gran peligro, o mejor dicho, la otra cara del mismo peligro, son los aduladores, esas alimañas humanas que, cual cuervos buscando cadáveres, huelen el dulce aroma del éxito y se abalanzan sobre el triunfador diciéndole a todo que sí.

Si estás más gordo, dirán lo bien que te sienta; si estás más flaco, te compararán con el dios Apolo; si se te cae el pelo, exclamarán ¡estás a la moda!; si tenés melena hippie hasta la cintura, dirán ¡que linda tu moda retro!, ¡te felicito por ser fiel a tu época y no caer en las trampas de la moda!; si tenés un ataque de nervios e insultás a tus subordinados o a tus pares, serás objeto de admiración y te dirán ¡muy bien hecho!, ¡hay que hacerse respetar!, ¡mano dura, de lo contrario te fuman en pipa!; si dejás pasar errores mirando para otro lado por conveniencia, justificarán tu desidia con frases como ¡qué comprensión!, ¡qué tolerante es!, ¡es incapaz de matar una mosca!, ¡nunca he conocido un alma más piadosa que la suya! Se pondrán de alfombra y querrán estar cual figuretis en todas tus fotos, dirán a voz en cuello que te conocen desde que eras un niño y que siempre adivinaron en vos los genes del triunfador nato.

Los artistas de todo tipo y los deportistas pueden caer en la tentación de creerse todas las alabanzas del coro de fantoches, pero en última instancia, cuando llegan la decadencia, el fracaso y la caída, sólo la sufrirán los ex ídolos y su grupo familiar. Cuando la adulación desmedida les toca a los gobernantes o a los opositores carismáticos la cosa puede tener consecuencias trágicas para millones de ciudadanos. Sostener lo que cada uno cree justo y necesario es un derecho inalienable de todo ser humano. Y la posibilidad de poder expresar libremente esos apoyos, también lo es. Pero lo desaconsejable es fanatizarse, no reflexionar y pretender imponer por la fuerza esas convicciones a los otros que también tienen derecho de hacerlo. Allí, en los momentos difíciles del fracaso y la decadencia, se ven los verdaderos sostenedores y partidarios, los sinceros y fieles y también se descubren por su huida rauda y veloz los chupamedias, los interesados, los mediocres y los fallutos. Por eso el hombre sabio no se cree todo lo bueno que le dicen ni todo lo malo que le endilgan, sigue su camino sabiendo que en el sube y baja de la vida las cosas cambian, mutan y evolucionan. Sólo hay que hacer oídos sordos a la peligrosa fascinación del éxito.

Enrique Pinti

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Principios y contingencias

Sunday, January 22, 2012

Los principios son una cosa y las contingencias son algo completamente distinto. Los principios de un ser humano son unas bases adquiridas desde la más tierna infancia y tienen que ver con la educación recibida, el medio familiar donde uno ha crecido y el afecto y la contención que uno ha tenido. El ejemplo de los mayores, la lucha por concretar alguna vocación, la inserción dentro de un campo laboral y los frutos que uno haya podido cosechar gracias al esfuerzo y el estudio.

Todo ese cúmulo de sucesos son los cimientos que sirven de base a una estructura de vida que incluye fundamentalmente una serie de principios rectores de nuestra existencia. Quien ha tenido todo eso va a ser respetuoso, disciplinado, tenaz, afectuoso y generoso. Quien haya carecido de ese sostén tendrá tendencias agresivas que pueden llevarlo a tomar caminos de tortuosos atajos y desembocar en la mentira, la trampa y la falta total y absoluta de respeto por el prójimo.

Claro que no todo es blanco o negro y que muchas personas criadas en un ambiente sano tienen conductas perversas y muchas otras crecidas en medios hostiles, sin recursos y en medio de grandes caos individuales y colectivos llegan a buen puerto y se convierten en personas respetables y positivas. Pero siempre será preferible la buena base y la fuerza del afecto circundante a la hostilidad y la falta de oportunidades. Y también es claro que el mundo es una calesita que no siempre gira ordenadamente y con una música de fondo agradable y juguetona. Por el contrario, muchas veces adquiere un vértigo y una sensación de confusión y borrachera que nos hace caer del caballito de madera o del botecito rococó. Y la desesperación por sacar la sortija que nos permita dar más vueltas gratis puede llevarnos a olvidar todo lo aprendido y tratar de pisar cabezas para lograr nuestro triunfo. Así los principios se van al infierno y lo peor de nuestra condición humana sale a la superficie con una ferocidad inusitada.

Esas son las contingencias, las pruebas a las que nuestro destino nos somete y que no siempre podemos sortear exitosamente: los períodos de crisis son más frecuentes de lo que nuestra percepción capta. En realidad el estado de crisis es permanente, sólo que muchos de nosotros, refugiados en nuestro individualismo algo enfermo, no solemos palpar hasta que las desgracias golpean nuestras puertas. Algunas sociedades son proclives a las crisis económicas derivadas de las corrupciones administrativas, los robos descarados y la instalación de métodos especulativos de dudosa ética que, al recibir la bendición de mercados y gobiernos, se aposentan con certificado de buena conducta en las bases de esas sociedades. Crean, con sus flujos y reflujos, beneficiados o perjudicados que son las dos caras de realidades falsas que no pintan fielmente lo que realmente pasa, porque con facilismos demagógicos le hacen creer a una mitad que vive en un paraíso y, a la otra, que habita un infierno.

En otras sociedades las guerras, la destrucción, los bombardeos y las ocupaciones por ejércitos extranjeros dan por tierra con todos los sueños e ilusiones construidos en los períodos de paz y arrasan con violencia todas las pautas culturales que se habían edificado con amor y paciencia. Ahí los principios se sustituyen por la lucha por la supervivencia a cualquier precio.

Es muy difícil mantener el equilibrio en momentos críticos. Es por eso que los seres humanos vagan de un lugar a otro buscando la paz, la tranquilidad, el trabajo digno, la remuneración adecuada, la salud garantizada y la educación para todos.

Muchos han encontrado su lugar en el mundo en su país, otros en lugares remotos con otras costumbres y otros idiomas, y nunca nada es definitivo. Vamos y volvemos. Esperamos y desesperamos. Pero cuando los principios están firmes, las contingencias resultan ser sólo eso, contingencias, momentos, etapas de las que se podrá salir con más sabiduría y con mayor madurez.

Resurgir de las cenizas no es imposible si los principios son sólidos y no se basan en la destrucción de los valores.

Enrique Pinti

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Luces y sombras

Sunday, January 15, 2012

Generalmente elogiamos aquellas cosas que no somos capaces de hacer, a veces por imposibilidades reales y concretas y otras porque no las haríamos por nada del mundo, pero las elogiamos porque queremos presumir de políticamente correctos. Así, nos deshacemos en loas a los misioneros que se internan en territorios hostiles llenos de peligros y riesgos mortales por razones humanitarias, y elogiamos a voz en cuello a los que se ponen como escudos humanos en guerras sangrientas y no vacilan en dar su vida por la de inocentes niños desvalidos. Pero, claro, no somos santos y lo sabemos; entonces, cumplimos dándoles apoyo moral, aportando unos pesitos en colectas humanitarias, y a seguir viviendo la vida lo más alegremente que se pueda.

Y no está mal ni bien ni regular, somos así y seguiremos siendo así mientras las vueltas de la vida no nos pongan en la encrucijada de tener que actuar frente al horror cuando se nos mete en nuestras realidades cotidianas. Ahí, cuando la historia nos pone a prueba, sacamos fuerzas de nuestras flaquezas y valor de nuestra cobardía y nos jugamos enteros. A veces esa oportunidad no llega y nuestra existencia transcurre sin mayores sobresaltos, otras nos hacemos los burros y miramos para otro lado dándonos mil excusas para justificar nuestra indiferencia. Y llega un momento en el que tomamos conciencia de nuestro egoísmo, de nuestra capacidad de aislamiento y autismos de todo tipo, de nuestra calidad de avestruz que esconde la cabeza bajo tierra creyendo que al no ver lo que pasa a nuestro alrededor eliminamos la realidad circundante. Negamos lo evidente, justificamos lo injustificable e ignoramos lo obvio. Malas recetas para vivir, pésimos resortes que nos llevan a vendarnos los ojos, tapar nuestros oídos y amordazar nuestras bocas por miedo, conveniencia o estupidez. Pero eso sí, elogiando a los que hacen todo lo contrario y aclarando luego de haber tolerado el horror con el usual yo no sabía nada y, además, aunque lo hubiera sabido, yo no soy un santo, soy nada más que un ser humano normal.

Esta dualidad casi esquizofrénica entre lo que somos y lo que deberíamos ser llena capítulos enteros de muchas vidas. Desde situaciones familiares y domésticas, hasta acontecimientos políticos y sociales que sacuden la historia de los pueblos y las civilizaciones, los seres humanos somos reacios a asumir nuestras responsabilidades por error u omisión. ¿Cómo se explican los avances y encumbramientos de movimientos que llevan a los pueblos a la destrucción y a la guerra civil? ¿Cómo se puede celebrar que millones de personas no adviertan los peligros de prédicas que incluyen el odio racial, la discriminación política, la intolerancia religiosa o la crueldad desenfrenada contra el diferente? ¿Y cómo, después de pasado el desastre de tales desmanes, los que vivieron como espectadores pasivos tienen el coraje de decir yo no sabía nada? Vaya a saber qué resorte de hipocresía, conveniencia o complejo de culpa se dispara en esas mentes. De nada valdrá que para lavar culpas y conciencias sucias se recurra al elogio tardío por los que se opusieron a la injusticia y el atropello. No hay que elogiarlos después de su sacrificio, no hay que improvisar discursos fúnebres en su memoria, hay que entender, apoyar y ser solidarios.

Ni santos ni demonios, sólo personas que ante los atropellos y las arbitrariedades de los abusadores del poder, se enteran de lo que pasa realmente y tratan con cualquier medio pacífico y racional de sostener a los que luchan por las cosas que valen la pena: la libertad, la tolerancia y la responsabilidad cívica. Y tendríamos que asumir estas actitudes antes de que la sangre llegue al río y no elogiar a difuntos mártires que no supimos entender en vida. No somos santos, pero con ser sinceros enemigos de las hipocresías sociales estaremos en el camino virtuoso de los que transitan esta vida con el propósito de agregar luces en medio de las sombras.

Enrique Pinti

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El tiempo no pasa

Sunday, January 8, 2012

El tiempo pasa con esa extraña manera que combina la rapidez con la velocidad, característica que nos hace vivir como si cada día fuera a ser el último. Y de pronto nos miramos al espejo y observamos cuántas cosas han marcado ese rostro. Es un gesto de cada mañana, pero una mañana en especial nos hace ver que el tiempo pasó día a día, despacito y muy ligero.

Parece ayer cuando no llegábamos a vernos en el espejo y teníamos que usar un banquito para peinarnos, parece tan reciente el día de la primera comunión, el fin de la primaria, la foto del curso de quinto año nacional, aquella vez que, acicalados con una camisa a la moda, el pelo largo a la usanza de los setenta y un pantalón Oxford apretado en la cintura y con pata de elefante, creíamos que íbamos a matar en una fiesta y matamos, pero de risa, a un montón de pinchadores de globos que gritaron: "¿Vos te miraste al espejo?"

Y uno llega a cada fin de año haciendo proyectos, planificando todo con la ilusión y la prepotencia vital del que sabe que tiene la vida por delante, impaciente, ansioso, sin tomar conciencia real de que lo que parece tan lejano va a llegar mucho más rápidamente de lo que uno cree.

Ansiedades, ambiciones, angustias, incógnitas, enigmas, miedos y júbilos y, de pronto, casi sin darse cuenta, las cosas pasan, lo futuro se vuelve presente y muy pronto queda en el pasado, y ahí vienen las preguntas sin respuesta. ¿Esto era todo?, ¿ya fue?, ¿y ahora? Y la rueda vuelve a empezar pero poco a poco vamos comprobando que ya no nos queda tanto tiempo. Y no es que uno pretenda vivir cien años (de sólo pensar mi propia vida si hubiera nacido en Europa en 1870 y hubiese tenido que morfarme la centuria entera hasta el 1970 se me erizan los pelos). Claro que ustedes pensarán qué diferencia hay si naciste en 1939 en la Argentina y deberás fumarte los despioles locales y mundiales hasta 2039, año que, sin hacerme el Nostradamus del subdesarrollo, amenaza con una destrucción planetaria y ecológica que salvo los locos de Greenpeace, nadie parece querer resolver. No, no es que creemos que vamos a ser inmortales, todo lo contrario, a medida que envejecemos tomamos conciencia de que los plazos se van acortando. Algunos encuentran filosofías de vida adecuadas, mezcla de ansiedad y resignación, otros bajan los decibeles y algunos cambios en el acelerador vital y se concentran en lo que consideran importante, y con sabiduría dejan de hacerse problemas, por lo que asumen que ya es tarde para resolver y se dedican a disfrutar lo mucho o poco que la vida les haya brindado. Y también hay quien en edades avanzadas descubre una nueva etapa de realizaciones personales y (¡a la vejez, viruela!) encuentra un gran amor, una habilidad ignorada o una vocación adormecida por la rutina y que de pronto despierta con inusitado entusiasmo.

La calesita de la vida es sorpresiva y apasionante, nadie puede saber qué traerá la próxima voltereta. Y eso es lo más hermoso que tiene: sus sorpresas, sus cambios, esos que poco y nada tienen que ver con la edad biológica.

Sólo hay que dar tiempo al tiempo, un tiempo tramposo que parece que no pasa nunca y de pronto se precipita y nos hace ver toda la energía que hemos malgastado en tonterías y, del mismo modo, todo lo que podemos recuperar antes de que sea muy tarde.

Una cosa es cierta y nos ocurre a la inmensa mayoría de los veteranos: nuestra paciencia se agota más rápido que antes, ya no tenemos tanta tolerancia ante los errores repetidos de los que nos ningunean y, perdido por perdido, decimos lo que pensamos sin los frenos hipócritas de la domesticación masiva; volvemos a ser niños en ese aspecto, caen las hipocresías, se acaban los filtros y como ya no nos interesa quedar bien con nadie que no nos guste, nuestras verdades (que no son la verdad, pero que son nuestras) brotan como en la más tierna infancia y nos vamos convirtiendo en inimputables. Alguna ventaja tiene que tener llegar a viejos.

Enrique Pinti

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¿Auto qué?

Sunday, December 18, 2011

A nadie le gusta perder, ni a los políticos ni a los deportistas ni a los actores y productores ni a los hinchas de fútbol ni a los niños ni a los viejos ni a los que compran billetes de lotería ni, por supuesto, a los jugadores empedernidos que se patinan fortunas en las mesas de póquer, ruleta o truco sin olvidar a las antiguas generaciones que juegan por el honor sin apostar un peso a la vieja y querida escoba de quince.

Y es natural, todos queremos saborear el gustito de la victoria y vivir la hermosa sensación de ser los más listos, los más hábiles, los más astutos y los más carismáticos.

Pero, ¿y si perdemos? Bueno, ahí hay que desplegar toda nuestra inteligencia para asumir la derrota con gracia y donaire sin dar lástima, pero con autocrítica. ¿Auto qué? Flor rara y muy exótica, la autocrítica no tiene el mismo lugar que ostenta el autobombo, trampa mortal de la vanidad y parienta muy cercana de la alienación que nos conduce inexorablemente al ridículo.

La aplastante mayoría de los políticos minimizan sus fracasos por más estruendosos que estos hayan sido y culpan por la debacle a la ignorancia de un pueblo aletargado, abúlico, sin memoria, frívolo, pancista y tarado, el mismo pueblo al que hasta cinco minutos antes del fin de campaña le chuparon las medias y otras cosas, calificándolo como vox Dei, que si mis lejanos estudios de latín no me engañan quiere decir ni más ni menos que la voz de Dios. Si así se comportan cuando pierden fácil es imaginar la actitud cuando ganan, en ese caso ponen al pueblo en un pedestal de sabiduría a niveles altísimos, se agrandan como poroto en agua y pronostican una instalación perpetua en el poder. Ni ellos mismos se lo creen, porque si tienen una trayectoria más o menos larga en la actividad saben por experiencia que pueden ir de la cumbre al abismo en menos de lo que dura un suspiro, a menos que se instaure una dictadura. Y aún así, ni ellas son eternas, aunque a veces sean demasiado largas y los tiranos se den el lujo de morir de viejos en camas confortables, pero gracias a Dios eso no sucede siempre (Hitler y Mussolini lo demuestran).

Los actores, productores o directores tenemos lo nuestro también, aunque debo decir en nuestro descargo que nuestras vanidades y mentiras no causan daño al pueblo sino a nosotros mismos.

Si la obra fracasa, los actores culpamos al autor, al director, al productor y hasta a la sala. Estrenamos en mala fecha... Mucho calor... Mucho frío... La gripe A... La sala está fuera del circuito... Faltó promoción... Los afiches salieron tarde y los tapó la campaña electoral... El director se equivocó..., decimos los actores. Estos actores son un desastre, dice el director. Y en una unión fraternal, actores, director, productor dicen a coro la obra está obsoleta y no le interesa a nadie, mientras el autor, si está vivo, replica con un la destrozaron, hijos de una gran puta. Y si está muerto, les tirará una pedorreta desde el cielo, el infierno o el purgatorio, rubricada con un corte de manga.

Los deportistas, sobre todo futbolistas en el mundo latino de América y Europa, sin olvidar a británicos, escandinavos y eslavos, tienen su proyección negadora en hinchas, hooligan y demás fanáticos que verán goles que no fueron tales, ignorarán faltas flagrantes reproducidas en imágenes HD más fieles que la perra Lassie y harán volar sillas y mesas de bares y pubs de todo el planeta en peleas encarnizadas que si se desarrollan en la cancha, en vivo y en directo, pueden llegar a convertirse en trifulcas sangrientas con muertos y heridos. Cualquier cosa, menos aceptar la derrota y ponerse las pilas para tratar de remontar la mala racha.

Es lógico que cada acusado de un crimen diga que es inocente y niegue su culpabilidad para evadir el castigo. Lo que no es lógico ni aceptable es que cuando algo no sale como nosotros hubiéramos querido, adoptemos la actitud inmadura e infantil, en el peor sentido de la palabra, de no afrontar nuestros errores y asumirlos como primer y fundamental paso para llegar al verdadero éxito, o sea, saber quién es uno y cómo se puede llegar a ser otro mejor.

Enrique Pinti

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Fotos

Sunday, December 11, 2011

Por alguna extraña razón no tengo registro fotográfico de mi persona entre los catorce y los veinte años, cosa rarísima porque mi familia siempre fue bastante obsesiva con las fotos. Teníamos un ataque documentalista y mi padre ponía al pie de cada imagen la fecha, el año y el acontecimiento. Desde la primera entrada al cine Baby (hoy teatro Ateneo) para una sección de dibujos animados y cortos de Chaplin, hasta el primer día de clases con guardapolvo y una cara de traste por el madrugón (la mañana siempre fue conflictiva para este gordito dormilón), pasando por cumpleaños, casamientos, reuniones varias y hasta una foto de familia en la sala de nuestra casa, fechada en 1942, mi evolución física quedó inmortalizada en una enorme cantidad de fotos en blanco y negro que engrosaron varios volúmenes de álbumes. Veraneos en Mar del Plata hasta el año 1944. Luego hubo vaivenes económicos que no permitieron gastos superfluos; en esas épocas a nadie se le ocurría endeudarse por una semana de vacaciones, se gastaba cuando había y cuando no había no se gastaba a cuenta, así de simple. La rigurosa foto de primeros pantalones largos a los trece, la del ingreso al secundario y después se acabaron las fotos. A mi familia se le pasó la furia fotográfica, quizá porque la edad del pavo no resultaba tan atractiva como la del bebe con el culito al aire recostado en almohadones o la del nene disfrazado año tras año de pollito, holandés, mexicano, gaucho, cadete, pirata o zorro, ¡vaya uno a saber! Quizá también coincidía con esa etapa turbulenta del paso de la pubertad a la adolescencia con cambios físicos y desórdenes glandulares, deseos nuevos, represiones viejas, forúnculos y granitos inoportunos, algo de acné, odio a las malditas materias de un bachillerato con un poquito de todo y nada de nada, enfrentamientos con padres, profesores, preceptores y aquella amenaza de mi época de que llegaría a los veinte con la puta colimba vaya a saber en qué lejano rincón de la patria. Fuera por lo que fuere, no tengo fotos de esos momentos que no fueron sólo conflictivos, sino que también significaron la concreción de sueños como el hecho de comenzar en el teatro. ¿Por qué no tengo registro de mis primeros pasos en un escenario? Quizá los tuve y las tinieblas de la memoria luego de tantos años me los hicieron olvidar y sucesivas mudanzas lograron extraviarlos. No sé, sólo puedo recuperar mi imagen en amarillentas fotos del año 59 al representar en el inolvidable Nuevo Teatro, dirigido por Alejandra Boero y Pedro Asquini, El burgués gentilhombre de Molière, obra que por una hermosa vuelta del destino representé hasta el mes pasado en el Teatro San Martín y, debo decir, de ésta tengo cientos de fotos. Es que hoy en día la foto no es aquella ceremonia familiar con rollo, revelado y álbum para el recuerdo; en estos tiempos cada ciudadano se ha convertido en fotógrafo profesional y con sus celulares registran cuanta cosa se les cruce. Desde famosos a la salida de los teatros y canales de televisión hasta perros haciendo sus necesidades, pasando por romances fugaces, relaciones sexuales propias y ajenas y tirada de arroz en la puerta de algún registro civil. Mucha gente no sabe manejar el telefonito y no aciertan en botones y focos, pero eso no los amilana en lo más mínimo y siguen registrando imágenes. Lo que no se sabe es a dónde van a parar esas fotos. Muchas veces se borran, otras están en discos y se proyectan de vez en cuando en el DVD familiar, pero para el dinosaurio que esto firma nada puede reemplazar a la foto impresa guardada celosamente en cajas, archivos caseros o el viejo y querido álbum. Las fotos impresas pueden deteriorarse, perderse en mudanzas como puede haberme pasado con las imágenes de mi adolescencia, pero tienen el encanto de lo tangible, de lo que nos hace jóvenes para siempre con mucho más sentido y autenticidad que dudosas cirugías y Photoshop al borde del ridículo. Ya sabemos que muchas veces decimos ¡quemá esas fotos! Por muchos motivos, por muchas negaciones y por muchas personas que nos dañaron, nos defraudaron y que ahí están, abrazados a nosotros con sonrisas engañadoras. O también queremos quemarlas porque nos recuerdan qué jóvenes éramos y qué brillo en la mirada ostentábamos. Por lo que sea, yo prefiero la vieja y querida foto impresa.

Enrique Pinti

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